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Tribuna
La lección de Tomás Moro
Miércoles,  6 de Julio, 2011

Un buen servidor del rey, pero, antes, un buen servidor de Dios”; tal fue el modo en que actuó siempre Tomás Moro y tales fueron las palabras en que se cifró el ideal al que ofrendó su vida, en 1535, al ser decapitado después de un juicio inicuo en el que probó, con valor incomparable, que la mejor forma en que pudo servir lealmente al rey fue acatando lealmente la ley de Dios.

John Farrow, el excelente director cinematográfico y autor de una serie de biografías que lo sitúan entre los más brillantes escritores de habla inglesa en el siglo pasado, fijó su atención en la vida del eximio humanista y Canciller de Inglaterra, considerando que en el ejemplo de rectitud moral que él supo dar a sus contemporáneos podía apreciarse uno de los casos más impresionantes de una insobornable lucha a favor de la libertad de conciencia y de una imperturbable serenidad de ánimo en medio de las violencias que ya empezaban a agitar al reino inglés en el comienzo de la Reforma.

La película que hace algunos años se exhibió en La Paz, basada en la biografía de dicho personaje, lleva la atención del lector a través de la magistrales secuencias en que se refleja la actuación de Tomás Moro ante Enrique VIII, a un punto central de meditación: el concepto de la lealtad en un alto dignatario que ante todo quiere ser fiel a la moral y al derecho, sin querer por eso dejar de ser leal a su soberano.

Como se sabe, Moro estaba vinculado a los círculos erasmistas, que buscaban en toda Europa la Reforma de la Iglesia sin llegar a una ruptura de la unidad cristiana ni a un desconocimiento de la suprema autoridad pontificia. La paz en el mundo cristiano, la reforma prudente y sin caer en el cisma, conservando la fe en la autoridad de la Iglesia: éstos eran los principios en los que Tomás quería inspirar su política al servicio de la corona. La pretensión de Enrique fue el punto crítico a partir del cual se inició la ruptura del Rey con su Canciller. El Heroísmo de éste consistió, precisamente, en no ceder ante ningún género de presiones, manteniéndose inflexible en la adhesión a los preceptos morales sobre los que se edifica la unidad de la familia y la paz de los reinos. Hillaire Belloc ha explicado con la incomparable lucidez de su método, cómo fue tejiéndose este drama que terminó por sustraer a la Gran Bretaña de la fidelidad a la tradición apostólica de la Iglesia.

Al negarse Tomás Moro a prestar juramento a Enrique VIII como jefe supremo de la Iglesia anglicana, surgió frente a él, como enemigo implacable dispuesta a eliminarlo, un palaciego sin escrúpulos, obsesionado por la idea de precipitar la caída del magnánmo Canciller, indisponiéndole con el rey mediante toda suerte de siniestras maquinaciones. Llamábase este cortesano ambicioso Thomas Cromwell, con el mismo apellido del gran puritano que un siglo después iba a conducir al cadalso al rey Carlos I. “Era una sombría figura- dice de él John Farrow- que emergía de las tinieblas a lo largo de su tortuosa carrera”. Sólo pudo abrirse camino- dice el mencionado biógrafo- “insinuando perversos infundios en los reales oídos”.

Nada más admirable que el silencio con que Tomás Moro supo mantenerse en un punto de sereno equilibrio frente a las presiones que sobre él se ejercían. La lealtad suele ser silenciosa, discreta, prudente, al paso que la lisonja es clamorosamente obsecuente, es soberbia, se niega a reconocer méritos ajenos y pretende echar sombras sobre los que son obstáculos en su camino.

La lección de Tomás Moro no pierde su actualidad y, como lo expresa el editor de la obra de Farrow, en nuestros días, al cabo de cuatro siglos, la vida ejemplar de este estadista, de este sabio y de este santo constituye una maravillosa enseñanza para el hombre de hoy, envuelto también como el autor de la “Utopía” en un clima de transición y de revolución en que se confunde y se desdibujan los más elementales deberes morales.