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Editorial
Los nuevos ciudadanos
Sábado,  13 de Julio, 2019
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A medida que se acerca el plazo fatal para el empadronamiento de ciudadanos que votarán en el mes de octubre próximo para elegir a las autoridades nacionales y subnacionales, la cantidad de nuevos ciudadanos registrados se ha ido incrementando tanto en el exterior como en el territorio nacional. De acuerdo a los datos del Servicio de Registro Civil (Sereci), Santa Cruz encabeza el registro de empadronados, seguido de Cochabamba y luego La Paz, mientras que en otros puntos del país el registro ha ido de menos a más. En los treinta y tres países donde hay representación diplomática nacional, el empadronamiento de ciudadanos también ha ido aumentando día a día, especialmente en Argentina, Brasil, Chile, además de España y Estados Unidos, en ese orden.
 
Esto significa que la democracia boliviana funciona, de alguna forma, más bien que mal, aunque los actores sean todavía imperfectos para disfrutar de verdaderas justas democráticas. Los líderes de los partidos políticos que participarán en las elecciones de octubre no han dado la talla que reclama el pueblo boliviano para hacer perfectible un modelo de convivencia social por el que se ha derramado no sólo sangre, exigido grandes sacrificios, sino que ha tenido elevados costos sociales, económicos y culturales y hasta políticos propiamente dichos. Los partidos políticos se resisten a ser internamente democráticos y sus líderes no dejan que surjan otros nuevos y otras nuevas mentalidades acordes a los tiempos que corren. Construir la democracia cuesta, y mucho.
 
Los nuevos ciudadanos que participarán del proceso democrático boliviano son hijos de la primavera democrática que vive el país. Una democracia que es perfectible, pero que arrastra tremendos lastres. Pareciera que gozan de los beneficios del proceso sin empoderarse de él. Da la impresión que no hay reflexión crítica acerca de la participación, la inclusión y la toma de decisiones. La nebulosa que generan los viejos actores de la política boliviana les impide a estos nuevos ciudadanos emergentes a adoptar a conciencia no solo las posturas correctas que hagan mejor la democracia boliviana. De algún modo los errores que se repiten históricamente no constituyen ejemplos para que la sociedad boliviana se libere de una vez de sus propios miedos.
 
En los escenarios de la política boliviana escasean las propuestas para tomar nuevos rumbos hacia la perfectibilidad de la democracia. No se han desterrado todavía los resabios del caudillismo y han surgido falsos defensores de la democracia en las filas de los que han tenido lazos íntimos con los regímenes de fuerza antidemocráticos que tanto daño han causado al país. En este clima enrarecido surgen los nuevos ciudadanos, que serán los debutantes en las elecciones de octubre, ejerciendo sus derechos y sus deberes. La nueva sangre joven de la democracia se incorporará de lleno al proceso electoral con más dudas que certezas. Sin embargo, se quiera o no, estos nuevos ciudadanos ya constituyen la esperanza de mejores días.
 
Porque a pesar de todas las dificultades, de la lucha encarnizada entre oficialismo y oposición, el deber de los ciudadanos en general es mantener de pie la democracia boliviana. Este es el primer ejemplo que se les puede ofrecer a los nuevos ciudadanos. Construir el edificio democrático del país exige desprendimiento, sinceridad, honradez, honestidad y coherencia ideológica. La demagogia le ha hecho mucho daño a la nación porque el anquilosado liderazgo político lo practica de manera cotidiana. No obstante, los nuevos ciudadanos son proclives a construir escenarios más participativos, incluyentes y democráticos en esencia, donde las decisiones más importantes giren en torno al bienestar colectivo y no de intereses sectarios. Y ello, de suyo, es uno de los grandes alicientes de un proceso democrático nacional que merece mejor destino.

Los nuevos ciudadanos son proclives a construir escenarios más participativos, incluyentes y democráticos en esencia, donde las decisiones más importantes giren en torno al bienestar colectivo y no de intereses sectarios. Y ello, de suyo, es uno de los grandes alicientes del proceso democrático nacional que merece mejor destino.

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