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 19 de Agosto de 2018
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Cómo afrontar el desafío
Refugiados, España y la crisis migratoria
Dilema. El problema de las llegadas masivas de migrantes huyendo de sus países centra el debate en Europa. La tendencia parece ir en aumento, lejos de acabar.
Domingo,  12 de Agosto, 2018
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Ref. Fotografia: Apoyo. Un miembro de la tripulación del barco humanitario Aquarius que rescató a 629 migrantes.

Este año han llegado a España, para quedarse, 12 millones de refugiados sirios. En nuestro país ya llevan décadas asentados, más de 2 millones de refugiados palestinos".

¿Nos imaginamos un titular de este tipo, una situación así en nuestro país? Pues bien, esto es lo que ocurre, proporcionalmente a su población, en Líbano. Un país de poco más de 4 millones de habitantes y una extensión menor que la provincia de Córdoba, donde llegaron más de 1 millón de personas huidas del conflicto de Siria y donde habitan 200.000 refugiadas y refugiados palestinos desde hace demasiados años.

Creo que la combinación de magnitud con urgencia en la guerra de Siria, y el enquistamiento del conflicto en el lado palestino, sí permiten hablar de "crisis" de personas refugiadas en ese país.

Principales objetivos. Siendo un caso extremo, no es excepcional. Líbano es el país del mundo que más refugiados acoge para cada mil habitantes. La inmensa mayoría de quienes se ven forzados a desplazarse por causa de conflictos y persecuciones o por el impacto del cambio climático, huyen de sus casas a otro lugar dentro de las fronteras de su propio país o a países vecinos. Sea Etiopía con los somalíes, Bangladesh con los Rohingyas o ahora Colombia con los venezolanos. Esto es debido a una combinación de cercanía, posibilidad y menor riesgo en la ruta.

A pesar de haberse multiplicado por dos, dadas las mayores dificultades actuales en la ruta libia, las 15.000 llegadas por mar a las costas españolas durante lo que va de 2018 representan un número bajo. Incluso con el incremento que conlleva la llegada del buen tiempo. No olvidemos que solo en 2017 más de 30 millones de personas se vieron forzadas a huir.

Por lo tanto, cabe exigir a políticos y sobre todo a los medios de comunicación, un mínimo de ética, rigor y sensibilidad a la hora de hablar sobre el asunto de las personas migrantes y refugiadas.

Dirección equivocada.  Tanto el caso español como en el europeo, son muchas las muestras de que las políticas y tendencias caminan en la dirección equivocada porque parten de un diagnóstico erróneo.

Afortunadamente, la sociedad española es más abierta que una parte de su clase política y mediática y de lo que muestran desalmados en las redes sociales. Hay miles de historias de encuentro, de empatía, solidaridad y ayuda mutua, de enriquecimiento y estímulo en una sociedad que envejece. En Tarifa, como en otros lugares de la costa de nuestro país, hay grandes grupos de personas voluntarias que se organizan para acoger a quienes llegan en pequeñas embarcaciones cada día.

En el lado de la política, nos enfrentamos a un desafío notable y de escala europea, del cual la llegada a las costas europeas es solo una parte -el Aquarius o el Open Arms representan una mínima- aunque muestra con toda su crudeza el peligro en rutas inhumanas.

Quienes huyen de la guerra y la violencia, sea de Siria e Irak, o de Mali y Nigeria, no deberían tener que arrojarse al mar después de ser extorsionados por las mafias y de atravesar terribles desiertos. Hay medidas como los visados humanitarios, acercar las solicitudes de asilo a embajadas próximas y un uso menos restrictivo de la reagrupación familiar, que permitirían cumplir con lo que es una obligación internacional, además de un imperativo humano: proteger al perseguido.

Buscando una vida mejor. En el lado migratorio más amplio, hay que empezar reconociendo que dejar el país propio buscando una oportunidad laboral para una vida mejor ha sido una dinámica normal en la historia de la humanidad, que ha traído más riqueza que pobreza. Abordar la migración solo desde la contención tras el muro de la fortaleza, además de iluso e insolidario, es estúpido, ya que impide aprovechar de forma proactiva todas las potencialidades de la migración. Cada vez más investigaciones y análisis demuestran que las personas que se desplazan han beneficiado económicamente de formas diversas a la economía europea.

Hay que recordar, además, que los migrantes en la ruta también tienen derechos humanos que se deben proteger y que no quedan en el limbo en una ruta por el desierto o al llegar a una frontera.

El camino emprendido por Europa es el contrario al que se debería recorrer. Y mal harán medios y líderes de opinión al afianzar las ideas y creencias que actúan de baldosas en ese camino. Poner todos los instrumentos de la acción exterior, incluyendo la ayuda al desarrollo, al servicio del control migratorio, es tan inútil a medio plazo como inhumano a corto.

Las fronteras, al final, ni se pueden ni se deben externalizar. En cuanto a la ayuda, debe servir para luchar contra la pobreza y la desigualdad, no para contener a los pobres en su casa, así sea miserable. Hacer esto mientras no se enfrenta de verdad el cambio climático, que ya expulsa a millones, o se inundan de armas "home made" los conflictos, es tan hipócrita como suicida.

El gesto de recibir en nuestros puertos el Aquarius y el Open Arms ha sido indudablemente positivo, aunque un mes después parece evidente que habría sido de agradecer una mayor discreción por parte de todos. 

30 millones 
de personas se vieron forzadas a huir de sus países por diversas crisis en 2017.

José María Vera/EFE Director General de Oxfam Intermón
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