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Tribuna
El poder transformó a Evo, mientras que en García Linera develó su naturaleza
Viernes,  25 de Mayo, 2018

Sobre el debate acerca de que si el poder transforma a las personas o devela su verdadera naturaleza, se ha escrito bastante. Las posturas, sobre el particular, son ciertamente contrarias. Así, por ejemplo, hay una corriente que recoge el pensamiento de Rousseau y Kant, que sostiene que el hombre, por naturaleza, es bueno; más bien es la sociedad la que lo corrompe. En la otra vereda, está la corriente realista de la política, que sustenta la tesis de que el hombre es, en esencia, perverso y maligno. Los precursores de esta corriente fueron Nicolás Maquiavelo, el padre de la ciencia política moderna, y Thomas Hobbes, autor del Leviatán, sobre cuyas ideas se funda el Estado moderno, con la figura de la autoridad “supra”, que regule y norme con sanciones las relaciones entre los hombres; para evitar precisamente que “el hombre sea lobo del hombre”.

En el primer caso, entre los que sostienen que el poder y su ejercicio transforman a las personas, se encuentra Roberth Michels, el precursor.  Este autor enfatiza que el ejercicio prolongado del poder produce cambios indelebles en el carácter y en la psicología de quienes lo ejercen, incentivando el peor lado de su naturaleza. Los síntomas, se reflejan en un aumento desmedido del apetito y la angurria por el poder. También en el temor de volver al pasado, abandonando la situación política lograda. En esa línea, los sentimientos que produce el poder, inexorablemente provocarán una hipertrofia del ego y la vanidad, generando convicciones indebidas de grandeza personal.

En estas abstracciones cabe perfectamente el presidente Morales, quien con 12 años en el poder, ya no es aquel humilde cocalero. El ejercicio y la concentración de poder ejercieron, en el, una perniciosa influencia. Las loas y adulaciones que a diario recibe de su feligresía y de sus más estrechos colaboradores, que lo compararon dicho sea de paso con “Jesucristo resucitado”, habrían endiosado al caudillo; sintiéndose ahora insustituible, convencido de que puede ser presidente eterno, desafiando incluso a las leyes de la naturaleza. Morales, entre otros políticos que usufructuaron del poder por periodos prolongados, es una evidencia empírica de las elucubraciones de Michels. Su vanidad, arrogancia y ambición de poder han crecido desmesuradamente. El nuevo Cardenal, Toribio Ticona, a tiempo de cuestionar su ostentoso palacio, ratifica esta tendencia cuando afirma que “había conocido a un Evo más humilde”.

La otra corriente liderada por Hobbes, proclamaba la esencia, sin límites, egoísta, codiciosa y agresiva del ser humano, que procurará siempre, por encima de todo, satisfacer sus propios intereses. Es decir, malo por naturaleza. Además con un “perpetuo e incansable deseo de poder que solo cesa con la muerte”. En estas abstracciones, la ilustración es el vicepresidente.

Las evidencia empíricas radican en sus airados y recurrentes llamados a la confrontación. Mentiroso consuetudinario, astuto y hábil para engañar a la gente, sobre todo a los menos “educados”; García Linera, en esencia, tendría el perfil que enfatiza Hobbes. El ejercicio del poder, entonces, habría develado su verdadera sustancia. Al margen de su hipertrofiada vanidad, soberbia y desprecio por sus adversarios, el odio que propaga a las clases medias pone en flagrancia esa naturaleza. La cantidad de libros leídos no habrían modificado, ni en lo mínimo, esa naturaleza perversa.

El autor es profesor de la carrera de  Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón

Acerca del autor:
Rolando--Telleria-A.-
Rolando Tellería A.
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