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Editorial
El último dictador
Martes,  1 de Mayo, 2018
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No vamos a negar que las dictaduras de los años 70 fueron fruto del consenso de las élites políticas que no tuvieron argumentos ni poder de convencimiento para conducir a los países por el sendero de la democracia. La excusa para imponer mano dura era el avance del comunismo, que en honor a la verdad no era un riesgo menor y cuyas consecuencias hubieran sido peores y de mayor alcance, pues los revolucionarios de aquel entonces soñaban con una Cuba en Chile, otra en Bolivia y así sucesivamente, lo que sin duda alguna hubiese sido una pesadilla interminable.

La idea de las fuerzas que apoyaron los golpes de Estado en diferentes países, entre ellos Bolivia, por supuesto, era imponer un periodo de transición y en eso fue esencial el apoyo internacional tanto de Europa como de Estados Unidos. Este razonamiento no busca realizar ningún tipo de justificación de los métodos execrables que usaron los militares, pero no conviene tampoco hacer juicios exclusivamente morales, sin admitir que los dictadores eran en su momento figuras aceptables y aceptadas por la opinión pública y que gran parte de los que se oponían a ellos estaban a favor de la otra opción, la tiranía socialista.

Es como tratar de negar o desconocer que el deterioro de la democracia que han perpetrado los regímenes populistas durante los últimos 15 años en América Latina ha sido posible gracias al enorme apoyo de grandes mayorías que optaron por ceder parte de su libertad a cambio de estabilidad política, de inclusión y de acceso a una porción de la riqueza.

A las dictaduras les llegó la hora de entregar el poder y algunas lo hicieron con cierta hidalguía, pero en otros casos, como ocurrió con Argentina y Bolivia, los militares intentaron prorrogarse. Pinochet recurrió a un referéndum, Galtieri se inventó una guerra contra Inglaterra y en Bolivia, lo peor de las Fuerzas Armadas irrumpió para cometer saqueo, convertir a Bolivia en un narco-estado y hacer de las suyas con la economía y lo poco que quedaba de institucionalidad.

Precisamente Luis García Meza representó esa última etapa de la dictadura, la más cruel, la más irracional, motivada únicamente por el capricho de sus líderes, por el empecinamiento  y el hambre de poder, sin destino alguno más que la depredación y el bandidaje.

Ese es el riego que se corre cuando se ha perdido toda noción de legitimidad y el Gobierno queda en manos de enajenados que son capaces de cualquier cosa para mantenerse arriba. Ese año y poco que García Meza ejerció como presidente de facto, desdibujó por completo cualquier argumento a favor de los regímenes anteriores y sin duda alguna generó en la población la idea, el convencimiento y el gran consenso de no volver a tolerar nunca más un sistema que pase por encima de las leyes y de la constitución, por más justificativos que traten de buscarle los que justamente hoy están proponiendo la involución.

Luis García Meza representó esa última etapa de la dictadura, la más cruel, la más irracional, motivada únicamente por el capricho de sus líderes, por el empecinamiento  y el hambre de poder, sin destino alguno más que la depredación y el bandidaje.

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