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Esa cosa...
Entre Par?ntesis..
Domingo,  10  de Enero, 2010

Cayetano Llobet T. - El hambre de poder no figura entre los siete pecados capitales, seguramente porque no se quiso condenar el instinto más primario del hombre. El poder no harta y su exceso no produce diarreas. Se puede acumular en cantidades exorbitantes y su único defecto es que nunca dura eternamente. De hecho, la historia de la humanidad no es sino la crónica de ganancias y pérdidas de esa cosa: el poder.
Las sociedades que quisieron modernizarse decidieron organizarlo y distribuirlo: lo organizaron en el Estado y lo distribuyeron en la democracia. Superaron la unicidad y el monopolio expresado magistralmente por Luis XIV, “L’État c’est moi”.
Las sociedades modernas son, por eso, sociedades equilibradas. El hambre de poder de sus miembros –que siempre es incesante- está contenido por la barrera de las instituciones. Se elaboran leyes, se designan autoridades que las hagan cumplir y se castiga a los infractores.  Hay sociedades que quieren ser modernas pero no logran vencer el hambre de poder de algunos de sus miembros. En España el gran enemigo de la modernidad es la Iglesia, que sigue disfrutando los postres de lo que fue su histórico y opíparo banquete y se niega a abandonar el generoso comedor. En Italia, aguantando el aguacero llamado Berlusconi que, en  la definición del filósofo Giovanni Sartori, “es un sultán, el patrón a la antigua usanza del país, un señor con derecho de pernada. Que no sólo se pasa a las “velinas” por la entrepierna, también se pasa las leyes y, cuando no se las puede pasar, las lleva al Parlamento para que las cambien”.
En las sociedades atrasadas es más difícil contener el hambre de poder. Son sociedades  -no importa su tamaño- que simplifican sus expectativas y las depositan en sus jefes de tribu. Normalmente, viven su desagregación de manera desordenada pero tranquila, en sus fracciones territoriales. Excepcionalmente, aparece un caudillo que les otorga una apariencia de unidad: lo aclaman y le otorgan el poder. Ese caudillo  -igual que Luis XIV-  sólo puede mantener su autoridad si tiene la suma del poder, es decir si tiene todos los poderes.
Él hace las leyes y la desobediencia no es una deslealtad a la norma, sino al Jefe. Los encargados de redactar su voluntad  -llamados legisladores- no son sino intérpretes de sus deseos. En tanto más fielmente interpretan esos deseos, son mejores legisladores. Él es juez. El caudillo dicta las sentencias y las condenas. Sus jueces, magistrados, oficiales, sólo deben cumplir las órdenes.  No es necesario que intervengan instancias anteriores al caudillo. Si por circunstancias especiales él desea llenar alguna formalidad, así se hace: de lo contrario su palabra es la instancia suprema. Son sociedades que, por su misma ignorancia, depositan mayoritariamente en el caudillo el conjunto de sus expectativas. A partir de ello, el caudillo no necesita de la negociación, no tiene que hacer política. Ésta, la política, ya no tiene sentido porque desaparece el “otro” el interlocutor de las sociedades modernas, el factor de equilibrio en la distribución del poder. Para el caudillo sólo existe el “nosotros”. Los demás no existen o son los malos, los que deben ser castigados, los que figuran en listas, los condenados antes de ser juzgados.
Siempre se proyectan a sí mismos como los iniciadores de una nueva Era en la historia.  Normalmente, creen que son el fin de la historia.  No saben que no son el fin ni de la historia ni de la política. No saben que, en la historia, son sólo episodios de poder... esa cosa.

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