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El día despu
pensando en voz alta
Jueves,  10  de Diciembre, 2009

Alcides Parejas Moreno - Cuando uno tiene a un ser querido con una enfermedad terminal, sufre con él y trata de que tenga la mejor calidad de vida. Incluso cuando vemos que esa persona sufre mucho y no hay manera de liberarla del dolor, incluso clama a Dios que se la lleve. Sin embargo, cuando esa persona muere uno se siente profundamente dolido y en principio no tiene consuelo, a pesar que sabe que esa persona ha dejado de sufrir; este es el inicio del proceso del duelo. Esto es más o menos lo que me ha ocurrido el domingo pasado. Hace cuatro años que sufro por esta Bolivia que está en terapia intensiva; por esta Bolivia que está siendo maltratada; esta Bolivia mestiza —una y diversa—que nos la están cambiando a gusto y sabor de un proyecto indígena trasnochado y racista; esta Bolivia que se ha convertido en el conejillo de indias de ONGs desaprensivas que medran de la miseria e ignorancia ajena; de esta Bolivia de la que continuamente se va la gente y sin embargo el padrón electoral milagrosamente aumenta; esta Bolivia que muestra una economía macro tremendamente saludable, pero en la que cada vez se ve más pobreza y hambre; esta Bolivia en la que se está enseñoreando la pichicata y estamos camino de convertirnos en un narcorestado; esta Bolivia a la que a pesar de todo amo profundamente, porque como todos los cruceños soy boliviano porque me da la gana.
Sin embargo, a pesar de todo esto es que me sentí golpeado por el resultado de las elecciones. Lo esperaba; sospechaba que sería como lo venían vaticinando las encuestas; pero tenía esperanza que no fuera tanto; sin embargo, el golpe fue brutal. Como ocurre en los casos de duelo, mi primera reacción fue una serie de interrogantes, para los cuales me fueron saliendo respuestas inmediatas que hacían aún más daño. ¿Cómo es posible —me pregunté— que la votación del MAS en el departamento de Santa Cruz hubiera aumentado tanto? ¿Es acaso que los cruceños no tenemos memoria o simplemente porque las ratas habían sido más de las que hubiera podido imaginar? ¿Cómo es posible que los paceños, incluidos los de la zona sur, —me volví a preguntar— hubieran dado su total respaldo a Evo Morales, después de los resultados que habían tenido en la última votación? Debe ser nada más y nada menos que para no perder la hegemonía centralista y que todos sigamos cantando aquello de que “La Paz es Bolivia y Bolivia es La Paz”. ¿Cómo es posible —una vez más— que los compatriotas que malviven en España y que una buena parte de ellos dejó todo atrás para que sus familias no mueran de hambre, hayan votado azul? No encontré otra respuesta que la eficacia de ese spot y slogan publicitario de los inicios de la gestión masista que decía “Evo soy yo”. Y así hasta el cansancio.
Sin  embargo, el día después al darme cuenta del calendario que tenemos para los próximos cuatro meses he creído que ya no es tiempo de llorar sobre la leche derramada ni buscar culpables, sino que se hace necesario trabajar al unísono y a marchas forzadas. Los resultados del voto camba (Pando, Beni y Santa Cruz son los departamentos que surgieron de la Gobernación de Santa Cruz de la Sierra y donde surgió y  se enseñoreó la cultura cruceña, que con el tiempo se convierte en camba) marcan la diferencia. Sin embargo, se trata de un resultado muy frágil. Creo que el departamento de Pando, (nuestra Amazonia, que no es la “Amazonia andina” como torcidamente se ha atrevido a llamarla una historiadora paceña), nos ha mostrado el camino: han votado en medio del miedo y después de una feroz y millonaria campaña que no ha tenido el menor empacho en movilizar miles de bolivianos, estableciéndolos en regiones totalmente extrañas a su hábitat habitual y en condiciones infrahumanas, sólo para contar con sus votos, y no han permitido que quienes los humillaron y masacraron ganaran. ¡Salve, pandinos, ustedes son los abanderados de la democracia!
Efectivamente, los pandinos nos han mostrado que cuando hay convicción, cuando prevalecen los ideales, sí se puede. Los cruceños estamos acostumbrados —o tal vez sería mejor decir, estábamos acostumbrados y hay que retomar la costumbre— a luchar en forma sostenida e inclaudicable. Así fuimos capaces, a partir de 1904 cuando se lanzó el Memorándum en el que planteamos una visión de país, con dolor y sangre llegar a las luchas cívicas de los ‘50 que nos abrió las puertas para dejar el aislamiento y empezar a incorporarnos al mundo moderno. Lo conseguimos por nosotros mismos, sin complejos y sin falsa humildad.
Si en la historia inmediata hemos sido capaces de conseguir lo que parecía inalcanzable, ¿cómo es posible que dudemos ahora, cuando Santa Cruz nos necesita más que nunca para sobrevivir con dignidad, qué no vamos a ponernos nuevamente de acuerdo para conseguirlo?