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Editorial
La campaña que se viene
Jueves,  10 de Octubre, 2013

El MAS quiere arrasar de nuevo en las elecciones del 2014 para mantener su hegemonía política, los dos tercios en el Congreso, el control de todos los poderes, el manejo discrecional de las Fuerzas Armadas y la Policía y por supuesto, el dominio pleno de cada centímetro del territorio nacional, al mejor estilo de los sistemas estalinistas que tanto tratan de emular nuestras autoridades y sus ideólogos. Las previsiones no se refieren solo a conseguir un 74 por ciento expresado públicamente hace muy poco, sino de lograr que el denominado “Proceso de Cambio” se eternice en el Palacio Quemado y para ello es imprescindible el apoyo popular contundente.

No vamos a analizar aquí la orden presidencial de destinar el 50 por ciento del tiempo, los recursos y el trabajo de los funcionarios públicos a la campaña electoral, porque en realidad no se ha visto nada diferente a eso en los últimos siete años, caracterizados por una permanente movilización de todos los cuadros estatales y gubernamentales a favor de una sola consigna y una sola prioridad: acumular poder a como dé lugar, sin mezquinar plata ni desvelos. En eso, ningún régimen ha alcanzado semejantes cotas de derroche.

La mayoría de los analistas coinciden no solo en el hecho de que estas elecciones son vitales para el oficialismo, porque será la única oportunidad de consolidar el proceso político que nació en el 2005, sino también en la dificultad que observa el MAS de poder repetir las sonadas victorias del pasado, ante el desgaste natural que ha sufrido el Gobierno, que en los últimos años ha sido objeto de derrotas electorales en Sucre, en el departamento del Beni, en las elecciones judiciales del 2011 y en varias otras contiendas menores que se han dado en municipios donde se habían producido derrocamientos por la vía de la Ley Marco de Autonomías.

En este lapso, el régimen que conduce Evo Morales ha experimentado un fuerte deterioro de su imagen por los numerosos casos de corrupción, por las vinculaciones de funcionarios gubernamentales con hechos de narcotráfico y también por las repetidas acciones de chantaje, abuso y manipulación de la justicia, que en el caso particular de los indígenas del Tipnis, se constituyó en el punto de inflexión que marcó el divorcio con sectores que anteriormente constituían el “voto duro” a favor del MAS.

Eso explica por qué en este momento el aparato proselitista del MAS se ha volcado con mucha fuerza a la captura de nuevos bastiones y para ello no ha dudado en instrumentalizar el Censo de Población y Vivienda como mecanismo de prebendalismo a favor de regiones que busca seducir. En este aspecto, falta todavía por hacer un balance del saldo a favor obtenido, habida cuenta del descontento generalizado que ha causado en el país esta acción. Es posible que entre los beneficiados se encuentren también algunas facciones locales que parecen haber revitalizado reivindicaciones anteriores al 2008. Ese no es el caso de Santa Cruz, donde el Gobierno logró un buen “trueque”, sin la seguridad sin embargo de capitalizar un sólido respaldo ciudadano. De cualquier forma, la pulsión autonomista cruceña ha sido totalmente neutralizada.

Hay igualmente razones históricas que deben preocupar al MAS y es que los procesos políticos bolivianos jamás han tenido una vigencia superior a los 20 años y para mantenerse han tenido que apelar a alianzas y coaliciones. Ese parece ser otro de los retos actuales. Finalmente está el componente económico y todo indica que la bonanza de precios que favorece al oficialismo seguirá en su auge, lo que anticipa un derroche electoral nunca visto en el país

Hay razones históricas que deben preocupar al MAS y es que los procesos políticos bolivianos jamás han tenido una vigencia superior a los 20 años y para mantenerse han tenido que apelar a alianzas y coaliciones. Ese parece ser otro de los retos actuales.