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Miércoles
 11 de Diciembre de 2019
OPINION
Bisturí
La herencia de Evo
Sábado,  6 de Abril, 2013

Cuando Evo se vaya, porque un día se irá, dejará un país que ha probado prácticamente de todo. Dejará, muy a pesar suyo seguramente, un país dividido como nunca. Dividido racialmente, políticamente y, lo que es peor, consciencialmente. Si ahora su movimiento pretende convencer ser autonomista sin serlo, está gestando, de rebote, una nueva fuerza, todavía a ser capitalizada por alguien inteligente, de federalismo para Bolivia.

Al crear su wiphala, le está dando mucho impulso a la rojo, amarillo y verde, que es un símbolo de unidad. En la próxima nueva Constitución, probablemente la wiphala se quede como símbolo de los pueblos indígenas que quieran adoptarla. Lo que tiene su nombre, calles, canchas de fútbol, fulbito, etc., cambiará de denominación. Al haber dispuesto como obligatorios los idiomas nativos, le dio vigencia al idioma castellano que por inercia y sin disposición legal alguna, es el idioma que nos une. Mal que le pese, tarde o temprano, todos los bolivianos hablarán primero castellano que cualquier otra lengua. Y el próximo gobierno, si es inteligente, dejará las lenguas originarias en el lugar donde se hablen, sin obligar a nadie aprenderlas. Tal vez con estímulos culturales, o de otra índole, para  evitar su desaparición. Una decisión inteligente sería establecer el inglés como segunda lengua.

Con una disposición política, quiere mostrar al país multipluri, como un país fundamentalmente indígena, indoamericano (“entonces no somos multipuris, dice mi compadre Choque). El futuro nos mostrará como somos: un país fundamentalmente mestizo, latinoamericano.

En este régimen, de alguna manera se han exacerbado los regionalismos; y a los recalcitrantes, les vino al pelo lo ocurrido, de manera que aprovechan para aumentarle leña al fuego. Sin embargo no faltan los buenos e inteligentes buenos bolivianos que antepondrán la patria a la región. El futuro gobierno nacerá de la contrapropuesta al actual, porque se advierte cansancio de tanto enfrentamiento, regionalismo y división. La nueva fuerza política tendrá como visión la unidad. Será un poco más difícil imbuir orgullo al nuevo boliviano del siglo XXI. Empezar por estar orgulloso de sus gobernantes, del país entero; los orientales orgullosos de los occidentales, los del sur de los del norte  y viceversa. ¿Por qué un cruceño no puede estar orgulloso del salar de Uyuni, por ejemplo? ¿Por qué un Orureño no puede estar orgulloso del aceite cruceño o de la Amazonia beniana? Por qué un pandino no puede estar orgulloso del vino tarijeño?

El nuevo político exitoso, recogiendo las semillas dejadas inconscientemente por el actual, sentará las bases del  nuevo sistema que todos esperamos. El verdadero cambio. El cambio hacia el progreso, con verdadera libertad de prensa y expresión. Hay que dejar opinar, inclusive a los resabios del masismo que quede. Habrá una empresa privada fuerte, generadora de empleos y tecnología, rumbo al adelanto industrial.

El nuevo gobierno tendrá que dejar de mentir sobre aquello de “coca no es cocaína” y tendrá que combatir el narcotráfico de manera resuelta y firme. Le costará también diseñar, elaborar y ejecutar una política de seguridad ciudadana dados los actuales indicadores y tendencias de delincuencia.

El nuevo gobierno tiene que ser inteligente, culto, pero sobre todo justo. Le costará hacer que los poderes del estado sean realmente independientes. Le costará también volver a la meritocracia en lugar de la actual “sindicatocracia” (si tal palabra existe). Le costará privilegiar el conocimiento sobre la ignorancia y la capacidad sobre los “méritos” políticos, pero esos serán los pasos necesarios para hacer de Bolivia un país de verdad.

En otras palabras, honestidad, una bandera, un himno, un territorio, un idioma...un boliviano. El futuro se pinta halagüeño. (Cualquier semejanza con la vida real, es pura coincidencia)

[1] Franklin E. Alcaraz Del C.
es médico e investigador