Siguenos en:
Miércoles
 23 de Octubre de 2019
OPINION
Enfoque Internacional
Las matanzas del odio
Viernes,  17 de Junio, 2016

L as matanzas han golpeado los siglos con una perversa monotonía. Es un tópico más antiguo que Tucídides que, en el ejercicio del poder político, la especie humana puede y quiere volver a la animalidad. Nos cuenta George Steiner que el trato rutinario de los esclavos, de los dependientes familiares, de los lisiados o de los dementes en épocas y sociedades que ahora vemos retrospectivamente como poseedoras de un sobresaliente esplendor artístico, intelectual o cívico ha sido norma general en la larga historia de los pueblos.

La horrible matanza de Orlando perpetrada en un club frecuentado por gais es una muestra del discurso del odio que ­circula en todas direcciones desde hace ya años. Una novedad de las matanzas es que ya no son sólo el triste privilegio de una ideología, un régimen, un Estado autoritario o una secta perversa organizada.
Para matar a tantos millones de personas en el siglo pasado, Hitler o Stalin necesitaron el aparato de un gobierno totalitario, con ejércitos numerosos y arma­mentos perversamente destructivos. Unos sistemas de propaganda muy elaborados perturbaban las mentes de los ciudadanos. Los grandes atentados de este siglo han sido perpetrados por grupos e individuos extremistas, que han matado a centenares de individuos sin la ayuda o complicidad de ningún gobierno.

En el atentado de Orlando se mezclan, además, el factor del terrorismo de corte islámico, el ataque al colectivo de los gais, el discurso xenófobo que ha sido aprovechado por Donald Trump en su cruzada contra los musulmanes y la vulnerabilidad de un país en el que se pueden adquirir armas discrecionalmente. El presidente Obama ha condenado varias matanzas en sus dos mandatos, y ha señalado que una de las causas es la facilidad de la adquisición de armas por parte de los norteamericanos.

El razonamiento de las armas tiene una lógica aplastante, pero los lobbies representados por la Asociación del Rifle impiden un cambio de leyes que limite la tenencia de armas personales.

Cuando en Noruega se produjo un horrible atentado en julio del 2011 que se saldó con casi cien muertos, las primeras reacciones en las calles de Oslo fueron contra personas con aspecto musulmán. Resultó que se trataba de un joven noruego, alto y rubio, que causó varios muertos en un edificio público y dos horas más tarde acudió a una isla cercana a la capital para matar a varios jóvenes del partido laborista noruego que participaban en un campamento juvenil. Un periodista de Oslo escribió entonces que “un desequilibrado de ascendencia islámica es, naturalmente, un terrorista, porque es musulmán, mientras que un desequilibrado cristiano es terrorista porque está loco”.

El hecho es que el miedo invade las sociedades occidentales. La yihad islámica está en el centro del enfrentamiento de dos mundos que han incorporado el odio en sus discursos políticos y sociales. Odio al adversario, al forastero, al que piensa distintamente.

El terrorismo de baja escala convive con el global. Ha tomado la iniciativa y juega con los nervios de las poblaciones con el fin de que ellas mismas organicen su propia perdición y, debidamente asustadas, cedan al chantaje intelectual y político de los que se juegan la vida para subvertir los valores de las siempre frágiles democracias. El elemento más inquietante es el sentido de la vida que tienen los que están dispuestos a sacrificarse personalmente para defender una causa con una muerte masiva de inocentes.

Es impropio responsabilizar a todos los musulmanes de lo que haga un musulmán, de la misma manera que es impresentable que una persona de la minoría cristiana en Pakistán sea sospechosa de delitos atribuidos a alguien de su misma religión.

Está en peligro la convivencia democrática en países como Estados Unidos y en muchas partes de Europa donde la sospecha al extraño, al forastero, al refugiado o al musulmán va calando en sociedades en las que sus líderes políticos y mediáticos han perdido la capacidad de discernir y se entregan a discursos populistas con tal de ganar unos votos para llegar al poder.

Una sociedad que no res­pete al diferente corre el riesgo de convertirse en un reducto de intolerancia que acabará afectando a los mismos elementos no contaminados por etnias, creencias o culturas. El odio es el mal que hay que combatir. El que viene de fuera y el que se ha in­cubado dentro. La complejidad del terrorismo globalizado no se combate con fórmulas simples y arbitrarias. ¿Cuántas bombas ha arrojado Occidente sobre Oriente Medio en lo que va de siglo? Se respondió a los ataques del 11 de septiembre del 2001 con mucha fuerza pero con menos inte­ligencia política a medio y a largo plazo. Vender armas a la población indiscriminadamente es un gran problema.
© FoixBlog