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 8 de Diciembre de 2019
OPINION
Tribuna
El ser humano, centro de la creación
Sábado,  19 de Marzo, 2016

Inmanuel Kant, el gran filósofo alemán conceptualizaba a la persona como una individualidad sustancial dotada de conciencia, razón y voluntad. Y, por tal razón, es el centro de la creación por su propia inteligencia, perspicacia y agudeza de sus sentidos. Por ser sustancia individual, el hombre es una forma existencial irreductible e independiente que repugna ser asumida en calidad de parte; es una unidad ontológica de vocación y destino que jamás podrá repetirse. De ahí la sensación de lo irreparable que experimentamos ante la muerte de un ser querido y de ahí, también que el hombre deba considerarse como un fin en sí mismo y nunca como un medio.

 La razón y la voluntad hace referencia a la dignidad ontológica y moral de la persona en tanto que capaz de conocimiento y autodeterminación. La razón entrega a la persona la conciencia de sí misma y le permite trascenderse para adueñarse del mundo en un acto de conocimiento, que en cierto modo, lo convierte en las cosas que conoce y lo hace ser por sí sola un universo, un microcosmos.

La voluntad o facultad de querer, da al hombre la capacidad de tender conscientemente hacia algo en vista de un fin. La razón aspira a la verdad absoluta y la voluntad al bien supremo. El hombre decía Max Scheler es “un buscador de Dios, es un ser que ora”, es un puente entre el mundo del ser y el deber ser; entre el mundo de la naturaleza y el espíritu. Tiene a su cargo completar la obra de la creación; dar al mundo un rostro humano y realizar su propia esencia de hombre. Todo hombre tiene una misión que cumplir, no es sólo “una pasión inútil como decía Jean Paúl Sastre. Su razón y su voluntad son el fundamento de su libertad. Por ella, el hombre va a tener, en cierto modo, una capacidad de autocreación. Somos nosotros quienes nos escogemos a nosotros mismos y, en última instancia definimos y realizamos nuestro propio proyecto. Tenemos la opción propia de elevarnos a lo más pulcro de la celestialidad o nos rebajamos a los instintos más bajos del averno y, con ello degradamos y perdemos la dignidad y respeto consigo mismo. Los existencialistas tenían de alguna manera razón cuando afirmaban que la existencia del hombre determina su esencia. Podemos trascender o degradar nuestra propia naturaleza, convertirnos en una bestia o en un ángel.

El ser humano se determina a sí mismo sin que ni siquiera Dios pueda obligarlo. “Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti”, decía San Agustín. Ciertamente que en esa decisión el hombre se juega su destino; pero ese es su privilegio y nadie puede arrebatárselo.

El ser humano es libertad. En su libertad reside su responsabilidad y de ella emana también su dignidad. El hombre es un ser libre; pero también es un ser que está obligado. La ética y la moral van a establecer los principios y las reglas para que pueda realizarse conforme a su naturaleza y alcanzar el desarrollo y perfección que a ella le corresponde. Asumir este orden va a ser el camino para alcanzar su propia perfección y mayores espacios de dignidad y libertad. El hombre es un ser racional y pensante.

Esa capacidad innata es lo que lo hace distinguir (el bien del mal, la justicia e injusticia, lo legal e ilegal) y lo eleva sobre cualesquier otra especie viva sobre el planeta Tierra. Por lo tanto, con sus virtudes y defectos, el ser humano sigue siendo el centro de admiración del cosmos porque trasciende más allá del espacio y del tiempo y aunque muere siguen sus obras y recuerdos de lo que haya hecho en su existencia terrenal.