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OPINION
Barlamentos
El populismo demagógico es el cáncer
Viernes,  18 de Marzo, 2016

Un condiscípulo me trae revistas en inglés cada vez que viaja a Bolivia. Hace una semana, la veintena de publicaciones incluía un ejemplar del New York Times, diario emblemático de una corriente política en Estados Unidos, de lejos la primera economía mundial que el mandamás boliviano insiste en llamar “imperio”, no sé si por la saga estadounidense “La guerra de las galaxias” o macaqueada del finado Hugo Chávez. Sugerente fue que en centenar de páginas no hubiese nada referente a Bolivia; la única alusión a la América Latina era una notita en la sección Artes sobre el concierto de los Rolling Stones en Cuba. Quizá es punto a favor del Gobierno que los gringos no den bola al país. Inclusive de último, alguna mención de Bolivia en portales de noticias latinoamericanas tenía que ver con el escándalo de la Zapata, donde penoso y delincuencial, repitámoslo, es el corrupto tráfico de influencias. 

No me arredra citar un reciente artículo de Diego Ayo sobre el tema. Es más, ojalá tuviera a mano su libro, que registra la degradación del Gobierno en un gasto público que desde 2006 resbaló a un ínfimo porcentaje de contratos por licitación y una alarmante mayoría de contratos a dedo. ¡De Bs 600.000 de compras por invitación directa el 2004, llegar a más de Bs 19 millones diez años después!  Nueve de cada diez ‘lucas’ fueron asignados por el dedito arbitrario en el año 2013. Al año siguiente, licitaron de acuerdo a ley solo un 1.3 por ciento de contratos gubernamentales. 

Como documenta Diego Ayo, la Zapata “no es la excepción”. Eso sugiere que buenas tetas, buenos apellidos y buenos padrinos son más importantes que el talento y el estudio. Hasta el Vicepresidente con pretensión de lumbrera no había tenido títulos. “¿La plata de los bolivianos se asigna a las mejores empresas? Seguramente no”, dice. La plata que maneja el Gobierno a voluntad ascendió casi 1.000 por ciento en la compra de bienes y servicios, más del doble que lo invertido en bonos de reducción de la pobreza. “En suma, lo que vemos es que hay más plata que maneja el gobierno central, a causa de una mayor centralización de los recursos, una mayor ‘presidencialización’ de los mismos y una mayor cantidad destinada a contratar empresas que brinden servicios al gobierno”, sin transparencia pero con arbitrariedad de por medio. Concuerdo con el periodista investigador, de los que deseara cien como él. 

Un editorial de O’Globo en Brasil relieva que nuestro inmenso vecino vive en la actualidad “un momento especial en la lucha contra la impunidad”. Menciona con ironía que Delúbio Soares, un poderoso tesorero del partido de gobierno vaticinó que el “Mensalão” de sobresueldos y coimas del régimen de Lula da Silva sería en el futuro “un chiste de salón”. Hoy está en la cárcel junto a Marcelo Odebrecht, dueño de la mayor “empreiteira” constructora, que José María Bakovic tildaba de nuevos “bandeirantes”, antaño traficantes de esclavos. Y es que cuando las instituciones de un país son sólidas, la corrupción se castiga con la chirona, sea ‘izquierdista’ o ‘derechista’ el culpable. 

En el pasado he aseverado que Bolivia debería mirar en espejo venezolano para avizorar lo que se viene en el futuro. El desastre del manejo bolivariano en ese hermano país ha superado mi pesimismo. Hoy pienso que la patria se encuentra en un dilema de visiones: una que mira a Venezuela y otra a Brasil. A mal haya escoger la opción venezolana, más ahora que se avecina un período de vacas flacas, a menos que estemos de acuerdo en malgastar en proyectos megalómanos y corruptos lo que queda de las Reservas Internacionales Netas (RIN) y vivir de la caridad ajena, país paupérrimo y fallido como siempre.

Sin embargo, me invade la duda. Un rasgo común de populistas demagogos como Lula da Silva y Evo Morales es creer que son “salvadores de la patria” indispensables. El uno apela a hacerse la víctima y exhorta a la violencia para defenderse. El otro ni siquiera esperó a que termine el referendo para cambiar el discurso del pobrecito bolichero, por lanzar consignas incendiarias y defender su régimen prorroguista ante su guardia pretoriana de cocaleros chapareños. 

La diferencia entre Brasil y Bolivia está en la fortaleza de sus instituciones. En el primero resalta la solidez de su Poder Judicial, su Fiscalía, su Policía y su prensa libre, aunque estoy en desacuerdo con defenestrar a Dilma Rousseff, tal vez porque fue ella quien aprobó las normas legales que hicieron posible el Mensalão y el Petrolão o Lava Jato. Qué diferencia con el segundo, con jueces amedrentados, fiscales obsecuentes, policías corruptos y periodistas amordazados. 

Como dice O’Globo, “não há guerra vencida neste terreno. Sempre existem chances de interferência de poderosos”. En Brasil ocurrieron victorias importantes contra la corrupción en las élites con las que el “lulopetismo” se alió: empresarios, operadores financieros, políticos sin ética. ¿Puede decirse lo mismo de los que apoyan a Evo Morales? Pareciera que son militares cooptados, empresarios endulzados, políticos tránsfugas, amantes con “muñeca”, cocaleros, cocaineros, originarios adulones, operadores de “coimisiones” y una larga lista de empoderados corruptos.