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OPINION
Miradas
Un 2016 que se ensañó con la Cultura Pop de los '80
Sábado,  31  de Diciembre, 2016

Nadie olvidará que este año 2016 se llevó a íconos de la política como Nancy Reagan y Butros Ghali; al genial Cassius Clay y divas del cine de los 50 como Zsa Zsa Gabor y Debbie Reynolds; a artistas de la época de oro de la TV de los 70 como Ron Glass y Abe Bigoda de “Barney Miller”, o Florence Henderson de “La tribu Brady”, junto con mucho otro talento de la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, el fatal impacto del año que termina en la cultura popular, en el arte musical y cinematográfico de la década 1980-1990, es un capítulo de especial análisis.

 Es innegable que el cine de acción de los años 80-90, perdió a grandes como Alan Rickman, Gene Wilder, Kenny Baker, Michu Meszaros y Carrie Fisher, pero la música pop perdió a tres gigantes: David Bowie, Prince y George Michael.  

Apenas en febrero el tumultuoso 2016 nos arrebató a Alan Rickman, el arquetipo del villano de la década.

Sus roles como el terrorista-intelectual Hans Grubber, Némesis de Bruce Willis en la serie “Duro de matar”, lo catalogó como un villano magistral, consolidado con su rol de Severus Snape en sucesivas entregas cinematográficas de la novela de J.K. Rowllins Harry Potter. 

Kenny Baker, el androide R2D2 que es el hilo de continuidad a través de cuatro décadas y todas las sagas de Star Wars entre 1978 y 2015, falleció en agosto. Apenas dos meses antes, otro pequeño gigante de la actuación, Mitchum Meszaros, que encarnó por una década a ALF, el simpático alienígena de Melmack alojado por el terrícola Willy Turner, fallecía a los 77.  

Nos legaron un sonido de sintetizador que desde entonces evocamos al mirar las estrellas y una frase que se convirtió en filosofía de vida de una generación: “No hay problema”.  

En el ámbito musical, ni bien entrado enero, ya 2016 se había llevado a Ziggy Stardust que bajo la identidad del músico y actor David Bowie vivió una vida “Bajo presión”. Abril daba cuenta de quien quizá fuera la mejor guitarra negra desde Jimmy Hendrix: “Prince” Roger Nelson, el “hombre-orquesta” de Minneapolis. 

¿Qué más podríamos reseñar de la muerte de un Bowie cuyo impacto en la música pop es quizá solo equiparable al de Freddy Mercury; o sobre la partida de un Prince que le imprimió su color a la música y el cine pop de los 80 con su galardonada “Lluvia púrpura”? 

Pero 2016 esperaría hasta las últimas horas de diciembre para llevarse a lo mejor del cine de ficción y de la música popular de los '80: En vísperas de Navidad, un año genocida del talento se llevó al griego-británico que sacó del closet de la censura el debate de la sexualidad y lo puso en las líricas de sus ocho Número Uno a nivel mundial. Y apenas horas después de que Georgios Kyriacos Panayiotou viera su “Última Navidad”, la menuda Carrie Fisher que protagonizó el rol femenino más revolucionario de los '80, el de la Princesa “rebelde” de Alderaan Leia Organa, fallecía en Los Ángeles luego de sobrevivir una larga adicción. 

Cada año extingue la luz de vidas ilustres, pero este 2016 en particular silenció el genio de cinco grandes de la música, la literatura y el cine contemporáneo, que agendaron con sus creaciones las narrativas existenciales de la generación del cambio de siglo.  

La actriz que sacaría para siempre a la mujer de los roles subsidiarios estereotipados, arquetipo de las emancipadas princesas New-age de Disney como Elsa de Arendelle o la celta Mérida, junto al villano más refinado e intelectual del “Potterverse” y un trío de músicos, que a lo largo de 30 años se relevaron mutuamente llevando la posta de la revolución sexual, fue el oneroso tributo que nuestra generación pagó al año que termina. 

El piamontino autor de la metáfora semiológica más trascendental y celebrada de la literatura contemporánea, Umberto Eco, un iconoclasta antidogmático que falleció en febrero, se les une para completar esta lúgubre lista de un año que se ensañó implacable con la cultura pop de la década de 1980.

Guardan en común el signo de su época: pioneros e iconoclastas, dispuestos a develar el “Finis Africae” donde la cultura oficial y el arte secular – si es que tal cosa es posible – censuran los saberes molestos de siempre: diversidad, sexualidad, lo paranormal, vida en las estrellas.

Eco dijo una vez “los libros se respetan usándolos, no dejándolos en paz”. Con un rebelde estribillo de “Quiero tu sexo” a media voz en el metro, silbando “Freedom” en los vestidores de un gimnasio o recitando en misa un verso profano de Adso de Melk, sus memorias, sus narrativas, sus líricas serán reseñadas y no olvidadas.