Siguenos en:
Jueves
 5 de Diciembre de 2019
OPINION
Tribuna
La real dimensión del daño
Lunes,  2  de Diciembre, 2019

Las confesiones religiosas no están en mi radio de interés, sin embargo alguna que otra de índole política puede darse como válida. Confieso que hace poco más de dos semanas, el domingo 10 de noviembre, grité desbordante de emoción cuando vi a Morales renunciando, con una pared amarillenta de fondo y flanqueado por el anacrónicamente revolucionario García Linera y por la perjudicialmente versátil Montaño. Para entonces en Santa Cruz se acumulaban diecinueve días de paro, bajo amenazas de asedio, con víctimas fatales y con la posibilidad de consolidar el fraude y que nos traguemos el descontento y que todo quede en nada. Aquí encuentro la necesidad de empezar a redimensionar las cosas, partiendo de mi clamor inicial: para mí no fue un grito por un fraude y jornadas de paro sino un alarido con pizca de sollozos por casi catorce años acumulados, de impotencia, de rabia y de pena por personas con rostro, nombre y apellido —no el abstracto pueblo— que padecieron en carne propia el periodo más nefasto y falso de la historia política boliviana moderna.

Para que no quede duda recurriré a mi recuerdo específico del domingo 18 de diciembre de 2005 y el 53,74 % que dio inició al régimen. No tenía aún la edad para votar, sin embargo ya contaba con la mínima capacidad de percibir que el partido que participó en las desestabilizaciones de 2003 y 2005 iba por todo, que no habría frenos racionales o contrapesos suficientes para detenerlos. Lo menciono, pues el pasado jueves alguien muy valioso me manifestó con una diáfana sinceridad que había apoyado el tiempo inicial del gobierno. Ante ello la pregunta ahora: ¿Qué tan licencioso se puede ser con los adeptos del principio? Yo sostengo que no más que un par de años; la Asamblea Constituyente fue el momento suficientemente objetivo como para detectar la verdadera cara del monstruo que estaba en frente.

Me asusta la corta y débil memoria del votante, que combinada con el aprecio por el asistencialismo puede hacer que dentro de algunos años una mayoría se incline a elegir nuevamente al partido forjador de las peores angustias de los tiempos de la democracia boliviana. También confesaré mi pesadilla en la que el tirano asilado en México emule a Perón y se vuelva un ídolo de masas incluso ya enterrado. No obstante, este texto no es un repaso de la historia azul de la infamia (además los renglones no alcanzarían); de lo que se trata ahora es de repensar las últimas semanas dentro de lo armado y destruido por el régimen de Morales. Hay casos en que el desenlace —por fortuna esta vez favorable para nuestra causa— puede llevarse toda la atención y opacar el recorrido, como quien solo retiene el acto final de una película y la juzga por los segundos previos a los créditos.

Para Camus, la rebeldía estaba directamente vinculada a la idea un límite: «Significa, por ejemplo, “las cosas han durado demasiado” “hasta ahora sí; en adelante, no”, “vais demasiado lejos”, y también “hay un límite que no pasaréis”. En suma, ese no afirma la existencia de una frontera». En este entendido nuestro cuestionamiento no puede ser otro que el de entender por qué nuestra frontera estaba tan alejada.

Por supuesto, el haber operado de manera delincuencial para consolidar el fraude es la explosión llamativa, pero no puede entenderse como un hecho aislado sino como el intento de concreción letal de todo un largo avance. Indudablemente los rastros fáciles están en el llamado 21F y en la postulación del tercer mandato en 2014; pero también se vincula a toda una serie de atropellos a la voluntad popular como la inhabilitación de todo un partido en Beni o la victoria del ahora procesado penalmente exgobernador Urquizu en Chuquisaca. No lejos está el completo desdén por la legalidad visto en centenas de casos, teniendo en su cúspide la anulación de las garantías del debido proceso y el principio de igualdad ante la ley. Por esa ruta sigue el obsceno enriquecimiento ilícito aprovechando el aparato estatal que requería también de muchos seres involucrados. No se puede olvidar tampoco la larguísima estela de individuos fallecidos, que no parecieron tener valor alguno para el régimen por considerarlos contrarios a su proyecto. Son estos y otros más los móviles por los que desesperadamente y a toca costa Morales y su séquito necesitaban mantener el poder, incluso exponiéndose al ridículo y a la vergüenza internacional que ya es evidente.

El reto para la ciudadanía valiente que resistió luego del 20 de octubre: no quedarse solo con la última fechoría, ni tomarla como si los despropósitos del Movimiento Al Socialismo se redujeran a solo una manipulación de cédulas, actas y sistemas de conteo, olvidando todo el resto.

Pienso que aun sin el escandaloso fraude —o si  este no hubiera podido comprobarse— nuestra ferocidad tendría haber sido la misma para forzar la dimisión. Además hay otra utilidad para el futuro, una que exige nuestra rigurosidad: dimensionar los males de los casi catorce años uno por uno, pues sin esa tarea será imposible hacer pagar a los responsables y colaboradores, quedando a merced de su retorno, tal vez discreto o, peor aún, como falsos salvadores.