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OPINION
Enfoques
La importancia y el valor de la autocrítica
Martes,  12  de Enero, 2021

"Autocrítica” ha sido una palabra de moda en las últimas semanas, sobre todo en referencia al accionar de algunas de las organizaciones políticas que, con diferente suerte, participaron de las elecciones del 18 de octubre pasado.

Tal cual la define el diccionario de la lengua de la Real Academia la autocrítica es “un juicio crítico sobre obras y comportamientos propios”, No es, entonces, lo que se hacía en la ex URSS y los demás países del bloque socialista: el reconocimiento público y forzoso de los errores o desviaciones con respecto a la línea oficial que, como se sabe, fue impuesta por Stalin, afirmando que las enseñanzas de Marx, Engels y Lenin tornaban innecesario consultar al pueblo.

Dicen los psicólogos que la autocrítica puede ser positiva o negativa. En el primer caso, se trata de la autocrítica constructiva, que sirve para avanzar, para mejorar; en el segundo, se trata de una autoflagelación que le impide reconocer a uno lo bueno que ha hecho y, consiguientemente, lo estanca. Hay que añadir que hay también la pseudo autocrítica, caso en el cual estamos ante una impostura, que no llega al fondo de la práctica y se circunscribe a imitar al fariseo, que agradece a Dios por no ser como los pecadores, que siempre son los otros.

La autocrítica no sólo es individual, sino también colectiva. Y, si se practica honestamente, permite a las organizaciones descubrir sus aciertos y errores y, sobre esa base, corregir su comportamiento para avanzar, para mejorar, para alcanzar sus fines y objetivos. Lamentablemente ello no ocurre y, a raíz de ese errático actuar, las tales organizaciones repiten errores, se estancan y terminan por desaparecer.

Hace poco, una organización política ensayó explicaciones sobre su humillante derrota, mencionando apenas de paso que cometió errores, pero insistiendo más bien en culpar de la catástrofe a diversos “factores”. Nada de reconocer que le hizo falta salir a las calles, acercarse al pueblo, ensuciarse los zapatos y arriesgarse para ganar votos. Nada de eso, se pensó que la sola existencia del líder, rodeado de cinco o seis corifeos iluminados, era suficiente para ganar.

En la acera de enfrente, el ganador salió a las calles y se acercó al pueblo para seguir sirviéndose de él y manipularlo. Pero, tampoco tiene un ápice de autocrítica. Se olvidó del derroche de 14 años, la vulneración sostenida de los derechos humanos que practicó, la utilización de los pobres (indígenas, campesinos, trabajadores, clase medias empobrecidas) a su servicio, la cooptación de las organizaciones sociales, la manipulación de los Órganos del Estado y sobre todo y de manera descarada, del Órgano Judicial, su afán de eternización en el poder. Vive tratando de convencernos que en noviembre de 2019 hubo golpe de estado y desconoce olímpicamente el fraude que cometió y la vergonzosa fuga de sus líderes; adjudica los dedazos a la derecha, sin reconocer que sus bases están cansadas.

Ninguna irá muy lejos. La opositora, con su práctica de capilla, se extinguirá lentamente, y la otrora poderosa oficialista, la que se creyó el Titanic de la política boliviana, comenzó a despedazarse, porque los dirigentes de algunas organizaciones sociales que la conforman, quieren también disfrutar de las mieles del poder, de las que se benefició una élite hoy caída en desgracia interna. No en vano suenan voces de “no al dedazo, sí al sillazo”.

La autocrítica honesta y sincera es muy importante, sin duda. Lamentablemente muy pocos la practican.

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Carlos--Derpic-
Carlos Derpic
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