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Lunes
 17 de Febrero de 2020
OPINION
Enfoque Internacional
Guaidó y la apuesta por el realismo
Jueves,  13  de Febrero, 2020

Juan Guaidó no tardó mucho en dar marcha atrás después de la furia que  desató al sugerir que Cuba eventualmente podría ser parte de la  solución a la crisis de su país. Los funcionarios del gobierno  estadounidense y algunos de la oposición le cayeron encima rápidamente  y con fuerza. El presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela,  reconocido por casi sesenta gobiernos como presidente interino del  país, reaccionaba al ofrecimiento del primer ministro de Canadá,  Justin Trudeau, de recurrir a Cuba como parte de un esfuerzo para  poner fin a la tragedia venezolana. Trudeau tenía la mejor de las  intenciones, pero su idea parecía ingenua.

El escepticismo se justifica. Después de todo, Cuba dista de haber  sido un actor benévolo. Ha ayudado a sostener la dictadura de Nicolás  Maduro, que es responsable de una crisis humanitaria y de refugiados  de dimensiones nunca vistas. Si bien las estimaciones sobre la  magnitud del papel de Cuba varían, la mayoría coincide en que el  gobierno comunista brinda un amplio apoyo de seguridad y  contrainteligencia a Maduro.

Desde que Hugo Chávez llegó al poder hace 21 años, los Castro han sido  firmes aliados de la Revolución Bolivariana. Hay razones personales,  ideológicas, geopolíticas y económicas para ese vínculo. Los cubanos  temen que una transición en Venezuela, que sigue proveyendo a la isla  unos 40.000 barriles de petróleo por día, sea fatal para su economía  ya en apuros.

Sin embargo, quienes se niegan a considerar que Cuba eventualmente  podría ser no solo el problema sino también parte de la solución  tienen la responsabilidad de explicar qué es lo que resolverá la  crisis. Hay dos opciones. La primera es el uso de la fuerza, una  intervención militar de algún tipo, que tendría que estar a cargo solo  de los Estados Unidos (ningún gobierno regional se sumaría) y que  sería un desastre. Es algo que no va a ocurrir. La segunda es la  negociación, una discusión de los términos y condiciones para unas  elecciones que lleven a un cambio pacífico de gobierno. Muchos son  escépticos respecto de este enfoque también.

Y con razón. De hecho, en los últimos años, los representantes del  régimen de Maduro y la oposición se reunieron con frecuencia y las  conversaciones fueron infructuosas. Maduro no estaba dispuesto a  negociar de buena fe. En 2019, Noruega lanzó una iniciativa más  discreta y estructurada que se desarrolló en Oslo y Barbados con  representantes de ambas partes. Se lograron ciertos avances en una  serie de cuestiones, pero el proceso naufragó en agosto.

Entre las explicaciones de por qué las negociaciones hasta ahora han  fracasado está la de que solo han incluido a la oposición y el régimen  de Maduro. Pero la realidad es que la lucha de poder de Venezuela se  juega en un tablero de ajedrez geopolítico global. Actores como  EE.UU., China, Rusia y Cuba son sumamente relevantes. Quizá deberían  tener un lugar en la mesa de negociaciones para buscar un acuerdo  significativo y sostenible. Las fuerzas armadas venezolanas, pilar  clave del apoyo a Maduro, también deberían participar.

Una iniciativa como esta es muy ambiciosa y complicada. Puede que sea  fantasiosa, pero la realidad es que ninguna otra cosa ha funcionado.  Este no es el momento de llevar adelante ese esfuerzo. Las condiciones no están dadas. Este también tendría que ser discreto y requeriría  una diplomacia complicada. Desde luego, hasta la fecha no hay indicios  de que Cuba esté dispuesta a participar en tal proceso. Pero la  dinámica de la situación evoluciona constantemente. A Cuba podría  resultarle más fácil que a Venezuela comunicarse en privado con los  gobiernos que apoyan a la oposición.

Es seguro que la administración Trump rechazaría la idea.  Lamentablemente, sus políticas severas y de línea dura respecto de  Cuba, que revierten la apertura lograda bajo el gobierno de Barack  Obama, han sido contraproducentes y han hecho aún más difícil que Cuba  revea su papel en Venezuela. La desconfianza entre Washington y La  Habana solo se ha profundizado. El embargo estadounidense a Cuba no ha  funcionado en las últimas seis décadas. No está claro por qué el mismo  abordaje, en gran parte impulsado por la política estadounidense y la  diáspora cubano-estadounidense del sur de Florida, modificaría el  comportamiento del régimen hoy.

En su gira internacional, Guaidó exhortó a los gobiernos a  intensificar la presión externa sobre la dictadura de Maduro a través  del aislamiento diplomático y sanciones más duras. EE.UU. impuso  sanciones petroleras hace un año, pero esa política ha dado pocos  resultados, además de hacer que la situación humanitaria sea aún más  aguda. El régimen ha demostrado tener capacidad para adaptarse… y para  sobrevivir. Mientras que algunos creen que el aumento de la presión  externa, sumado a una mayor movilización en Venezuela, llevará a la  caída del régimen, otros ven las sanciones como una herramienta que  podría fortalecer la posición de la oposición en cualquier eventual  negociación.

Hace un año, la aparición de Guaidó trajo algo de esperanza a  Venezuela. Pudo unir a una oposición díscola y hacer que millones de  venezolanos salieran a la calle. Su valor y liderazgo son admirables.  Él, y muchos otros, creían entonces que la presión internacional y  nacional haría que los militares dejaran de apoyar a Maduro para  apoyar a Guaidó, provocando la caída del régimen. Se equivocaban.  Fueron culpables de falta de realismo. Este es el momento de ser  realistas. También es el momento de ser creativos, de estar abiertos a  nuevas posibilidades que tengan chances, aunque remotas, de poner fin  a la pesadilla de nuestro hemisferio.