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Sábado
 29 de Abril de 2017
OPINION
Mirando de abajo
Estados Unidos: sentencia de muerte
Martes,  10  de Enero, 2017

Pareciera que hablamos de caciques latinoamericanos, y no. Es Trump, “The Donald”, en unos días presidente jurado de los Estados Unidos que trae a este país, desde el ala “derecha” (ya que sus socios del sur dicen venir de la “izquierda”), desasosiego y quizá fin.

Keith Olbermann, comentarista deportivo convertido en icono de opinión política, es bien claro, dirigiéndose a quienes votaron por Trump. Les dice que no va a hablar de políticas, programas, sino de la enfermedad de este hombre que va a dirigir los destinos de trescientos millones de personas y que tiene el gordo pulgar apuntando al botón del Armagedón, la guerra nuclear.

Basta leer, prosigue, la inconsistencia de sus “trinos” en Twitter para concordar en que el individuo no está en sus cabales. Toca a los republicanos, y pronto, removerlo de la presidencia, antes de que el cielo (esto es mío) se cubra de arrepentimiento por acaecidas e irreparables desgracias.

Trump lo que más ansía es ser reconocido por su “clase”, entendiéndose como soltura en el lenguaje y gestos, impecable urbanidad, cultura. Lejos de allí el hombre, con dinero y ligado a otros sujetos billonarios como él, pero con las típicas características de un patán de tres por cuatro, seguido por crías de igual índole, y de yerno un ortodoxo judío de dudosa honradez y vanidad de sobra. Ricos nacidos de la astucia, tal vez del trabajo, pero sobre todo del impenetrable color turbio de las finanzas que no tienen ni alma ni escrúpulos.

Obama, con la suavidad trágica que lo caracterizó en política internacional, negro como es (esto devastadoramente todavía importante en EUA), siempre se presentó como un sofisticado caballero. Resulta que el representante de la “escoria blanca”, el “cuello rojo” destinado a levantar el supuesto muerto espíritu de América, no tiene el nivel de los antiguos esclavos. Dice que se rodea de hombres de alta calidad, cuando la realidad presenta una bandada de buitres financieros que esquilmarán la nación hasta su agonía y que, a la larga, o bien corta, arrasarán con los idiotas iletrados que creen en ilusionistas de feria, en vendedores de elíxires que asoman con carromatos por el Far West donde todos cargan armas y se creen por ello protegidos contra fortuna y cuervos. Sin olvidar la Biblia...

Hoy un interesante reportaje del NYT recrea charlas con seguidores de Trump en la Luisiana rural acerca de la intromisión rusa para favorecer al candidato republicano. Resulta extraño que un país de semejante potencial económico tenga una gran mayoría de gente que apenas puede leer y escribir, así sea titulada en cualquier cosa. El nivel de educación en Norteamérica muestra ser en realidad muy bajo. Saliendo de las urbes encontramos ese país profundo que describía Joe Bageant y que muestra una galería de no muy notables personajes, donde religión, matonismo, drogadicción y alcohol han fundado una base desgraciada y vil de habitantes que se considera superior al resto del mundo y que apenas balbucea su propio idioma. Han quedado relegados en atavismos, anacronismos, desdorados brillos que el populista Trump pule para iluminar una efímera fata morgana sin futuro.

La población rural de Luisiana entrevistada alude al hacking ruso como asunto sin importancia, bienvenido incluso si gracias a eso Trump es hoy presidente. Increíble en el corazón de la marmita del patriotismo insensato, aquella de banderas unionistas y confederadas por igual, de rezos y superioridad blanca. Pronto se pondrán a endiosar a los chinos, si estos se dignan en aras de su interés de decorar al payaso para satisfacerlo y mantenerlo al margen. Margen flojo por supuesto ya que hablamos de un impredecible niño bobalicón. Pronto estos campesinos idiotizados navegarán los secos ríos de la miseria. Lo dudoso es que se den cuenta del por qué, y que no son los mexicanos (que mantienen viva con su trabajo, legal e ilegal, la seguridad social que les asegura al menos el pan) los culpables.

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Claudio Ferrufino
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