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Domingo
 20 de Octubre de 2019
OPINION
Tribuna
El estado embrionario del branding político en Bolivia
Miércoles,  10 de Julio, 2019

El periodista y dramaturgo francés, Robert de Flers, afirmaba que democracia es el nombre que se le da al pueblo siempre que se le necesita; frase lapidaria en torno al valor de la democracia y su instrumentalización por parte de los gobernantes de turno, sin embargo, demasiado certera a la hora de apreciar el escenario electoral vigente en Bolivia, donde la nomenclatura existe, pero la sustancia se halla ausente en cuanto al abordaje profesional se refiere. 

Para ilustrar esto se debe partir de la categoría branding político, la cual pretende ser un puente entre la estrategia política y la estrategia publicitaria, creando un verdadero valor de marca. Para crear esa marca durante la elaboración de la estrategia de marketing político es necesario contar con profesionales capaces de interpretar la “marca personal” del actor político en cuestión. Estos profesionales suelen llamarse consultores, que en nuestro caso suelen ser advenedizos con aires de grandeza, los cuales no necesariamente trabajan sobre el hilo conductor entre el candidato y su humanidad.

Ya que de percepciones se trata, la comunicación no es precisamente estratégica sino a empellones y caótica a través de las impertérritas redes sociales, que se rigen por la avidez de la noticia o evento, procurando de este modo beneficios funcionales a campañas electorales, pero no a futuras gestiones gubernamentales, es decir, la estrategia de campaña lo es todo, lo demás no importa. Es por ello que se acude con excesiva frecuencia a fibras emocionales antes que racionales, demostrando una vez más nuestra primitiva comprensión de la relación sociedad-política-Estado.

Es así que el branding político en nuestro país es prácticamente inexistente, ya sea desde lo empírico o lo denominado profesional-consultor, puesto que, no solemos exigirnos interdisciplinariedad en nuestras lecturas, formación o interpretación de la realidad, lo cual produce una deficiente campaña electoral, decantándonos por la política de baja ralea, esto es: guerra sucia comunicacional a partir de las flaquezas humanas de los circunstanciales candidatos. 

Por otro lado, hacer el trabajo que pocos están dispuestos a hacer no es tarea fácil, se trata pues, de vender lo que nadie quiere comprar, limones agrios –como los políticos rechazados por el imaginario colectivo –con los cuales es muy difícil preparar jugo alguno. Para ello el marketing político intenta ceder el paso al branding político, que se halla más cerca del sujeto o actor político que debe convertirse en la oferta identitaria de lo que se quiere hacer con el futuro de la colectividad, es decir, una promesa.

Debemos comprender que la marca personal –branding –es esa promesa vital; que si se cumple termina creando un vínculo emocional entre el electorado y el candidato; pero que no viene de las virtudes innatas del candidato sino de la apreciación colectiva de la sociedad sobre el sujeto, tarea no siempre positiva por parte de la opinión pública boliviana, la cual es demasiado voluble a los vientos neuróticos de las redes sociales, del rumor y la especulación como mecanismo de difusión de pos-verdades antes que de certezas.

Es por ello que se “construye” una marca, pero no real sino artificiosa y por demás engañosa, lo cual en política suele causar una muerte prematura o el desencanto de la población a la que se quiere seducir para contar con su voto.

En sociedades pre-modernas como la boliviana, el culto a la personalidad del caudillo es inevitable y la marca personal se desdibuja en torno a lo simbólico, desvalorizando el trabajo de cualquier consultor o quitándole sustancia al ejercicio de un política más elevada, más profesional y menos tendiente a la ridiculización de las demandas colectivas o necesidades reales de la población.

En este siglo XXI es imposible no comunicar, ya sea a través de plataformas digitales o de manera tradicional, no obstante, el contenido de esa comunicación no suele construir democracia, cultura o razones político-filosóficas, antes bien, reproduce viejas taras sociales muy arraigadas en nuestra psique social; por ello, novedades de la estrategia política como la generación del branding político suena a tecnicismo trasnochado mientras no se mejore la calidad de los ciudadanos, de votantes que posean una mínima cultura política democrática, que asuman la responsabilidad de ser ciudadanos antes de meros validadores de un sistema que adolece de ignorancia; ¿la solución? Trabajar en la formación política del ciudadano, no en el clientelismo o prebenda electoral, hasta entonces el branding no solamente seguirá en estado embrionario, sino que será abortado del sistema político boliviano.