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Editorial
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Macondo, 50 Años después
Domingo,  20 de Marzo, 2016

El genio del realismo mágico, Gabriel García Márquez, seguramente está revolcándose en su tumba, golpeándose la cabeza por no haber imaginado los detalles que hoy tejen la historia de América Latina. El premio Nobel de la literatura inventó un pueblo, Macondo, donde ocurrían hechos inimaginables propios de lo que más tarde se conocería como las repúblicas bananeras, dueñas de una identidad marcada por dictadores, pillos y saqueadores, pero especialmente por caudillos pintorescos aclamados por masas iletradas que siguen obnubiladas por los mismos espejitos que nos trajo Colón hace más de 500 años.

Otra historia ficticia que ha sido superada por la realidad es la de Sucupira, aquel pueblo bahiano que salió de la cabeza del laureado escritor brasileño Dias Gomes, quien personificó al prototipo del viejo caudillo latinoamericano en un alcalde mujeriego, abusivo, maquiavélico y corrupto que terminó sepultado en mentiras y tramas siniestras que inventó para salirse con la suya: inaugurar un cementerio que había construido como si fuera una obra estrella y pero que no era más que un elefante blanco criticado por la prensa y los pobladores.

Cómo no construir una historia con personajes que aparecen todos los días matando y haciendo resucitar a un niño que asoma y se desvanece como un fantasma sobre las sospechas de corrupción, tráfico de influencias y una red de negocios multimillonarios con chinos que de a poco nos arrebatan la soberanía siempre cuestionada. Otro hijo exiliado, una suegra que se mantiene expectante y silenciosa en su impunidad; un asesor extranjero y refugiado, niño mimado del régimen, que se fue a criar gallos de riña al norte y que de pronto aparece detenido por terrorismo en Argentina mientras el Gobierno niega que alguna vez haya pisado al palacio donde él y la señora habían montado sus propios campamentos, uno para armar estrategias envolventes y el otro para hacer girar la rueda de la fortuna.

Pero como bien se ha dicho, Macondo, la ciudad de “Cien Años de Soledad” es la historia de todo un continente, la de Bolivia y también la de Brasil, donde el presidente que se inventó una potencia de barro trata de esconderse debajo de las polleras de su ahijada, quien hace todos los méritos para ir de yunta con el padrino hasta la cárcel. 45 minutos, el nombramiento más rápido de la historia, pero también el salvavidas más efímero que se haya visto para un líder que alguna vez tocó el cielo. Ni siquiera el hundimiento del Titanic se asemeja a este naufragio brasileño que se gana todas las medallas de lo inverosímil. Obviamente aquí hacemos una alusión a las olimpiadas, un evento que corre peligro ante semejante desbarajuste.

En Venezuela, en Argentina y aunque parezca mentira, también en Chile florecen todos los días estas historias novelescas, típicas de una realidad que imaginó García Márquez hace 50 años inspirado en las historias de Trujillo, de Perón, de Pérez Jiménez, de Stroessner, de Somoza y tantos otros personajes que han sumido a nuestra región en la ignominia y el desaliento. Qué poco hemos cambiado después de tantas novelas, tan reales como desastrosas. Cuánto nos falta para que la democracia deje de ser una ficción.