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 4 de Abril de 2020
Editorial/Opinión
Editorial
Un dura prueba para la sociedad
Viernes,  13 de Marzo, 2020
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Al final resultó ser una desventaja el hecho de que Bolivia haya sido uno de los últimos países de América del Sur en sumarse a la lista de los afectados por el Coronavirus. En todo este tiempo, en lugar de informarse, la gente acumuló miedo y al conocerse de los primeros infectados, los bajos instintos afloraron y echaron a perder todos los planes que las autoridades habían previsto.

Según los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) Bolivia se encuentra entre los países de preparación media y solo unos pocos en el planeta se encuentran plenamente capacitados para enfrentar la pandemia. Aun así se dan casos como el de Italia, una gran potencia o el de España, donde el problema tiende a salirse de control.

La buena noticia es que la epidemia se puede controlar; en China ya se están viendo resultados positivos, con bajísima mortalidad y un alto índice de pacientes que ya superaron la enfermedad en menos tiempo del que se había previsto.

La mala noticia es que, por más preparado que pudiera estar un sistema de salud, un gobierno o sus autoridades, si la actitud de la ciudadanía no ayuda, es imposible conseguir buenos resultados. Ocurre así, porque el pánico es el peor consejero, la desinformación mata más que el virus y la confusión nos puede llevar a cometer errores imprevistos y por lo tanto, difíciles de controlar.

Los primeros días de emergencia han sido muy duros, se han observado conductas muy reprochables, como algunos médicos que se negaron a atender un paciente; como la del candidato que lucía muy callado y sereno, pero su primera reacción ante la lamentable noticia fue intentar politizar el tema; se han desatado las noticias falsas, autoridades que se apresuran y que no siguen las pautas nacionales ni coordinan con sus pares, comerciantes que recurren a una especulación criminal y ciudadanos desesperados, llevados por la histeria que se nutre del barullo que se expande a través de las redes sociales.

Lo peor no es solo que la situación sanitaria pueda ser más grave de lo previsto por culpa de la reacción social equivocada, sino que se sumen más consecuencias de las que se han anticipado y que ya se están notando en el campo económico. Nadie quiere llegar a extremos como los que ya se están viendo en otros países, donde las actividades se están reduciendo al mínimo, los comercios están cerrando sus puertas, los vuelos se paralizan y hasta se cierran las fronteras, como ha hecho Estados Unidos, donde se negará el paso a los pasajeros de Europa por 30 días. 

Aunque también es una dura prueba para el Gobierno, que tiene en sus manos un caso de seguridad nacional de alta complejidad, la responsabilidad no solo es de él. Los medios de comunicación, los gremios, las empresas, los médicos, los educadores, las agrupaciones políticas, las instituciones cívicas y todos los que puedan desarrollar alguna fuerza para cohesionarnos alrededor de un objetivo, tienen la obligación de actuar ahora en función de la serenidad, la mejor acompañante en este momento tan difícil.

La mala noticia es que, por más preparado que pudiera estar un sistema de salud, un gobierno o sus autoridades, si la actitud de la ciudadanía no ayuda, es imposible conseguir buenos resultados. Ocurre así, porque el pánico es el peor consejero, la desinformación mata más que el virus y la confusión nos puede llevar a cometer errores imprevistos y por lo tanto, difíciles de controlar.