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Editorial/Opinión
Editorial
Por amor al arte
Lunes,  8 de Junio, 2020
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Una de las leyendas más populares de España habla de un encuentro entre el célebre pintor Pablo Picasso y el dictador Francisco Franco. El “generalísimo” le mencionó el cuadro Guernica y le preguntó si él lo había hecho. “No fui yo, fue usted”, le contestó, refiriéndose a la masacre del 27 de abril de 1937 que causó más de 120 muertos en la población vasca de Guernica, bombardeada por aviones alemanes autorizados por el militar durante la Guerra Civil.

El óleo, de más de siete metros de ancho y casi cuatro metros de alto, muestra como ningún otro, la crueldad y la barbarie de aquel episodio. Paradójicamente, aquella obra se hizo por encargo, detalle que no melló la capacidad expresiva de Picasso, pues lo “normal” es que los artistas pierdan la “puntería” cuando se rinden ante la política.

Los artistas, ya sea escritores, pintores, escultores o músicos suelen ser los mejores elementos de la sociedad pues son los que nos permiten soñar con un mundo mejor; son poseedores de una visión universal que trasciende el tiempo y muestran los hechos y los fenómenos como nadie podría hacerlo. La actividad artística es esencialmente política, porque apunta a la transformación, lo que no quiere decir que sea compatible con los políticos, sino todo lo contrario. Estos jamás toleran a aquellos que obligan a la gente a pensar, a ejercer su sentido crítico y a hacer preguntas incómodas.

Cuando un gobierno “recluta” a un artista, como sucedió durante el “proceso de cambio” con algunos exponentes de la música, del cine, la fotografía y otras artes, es porque quiere convertirlos en sus propagandistas y en sus
bufones. De ese modo, el arte y la cultura pasan a cumplir un triste papel que seguramente los avergüenza y los desnaturaliza.

El mecenazgo siempre ha sido imprescindible para los artistas, pero casi siempre los que apuestan por el arte genuino, libre y sin condicionamientos, lo hacen por el valor que le dan a la expresión independiente y no por la instrumentalización a favor de intereses particulares.

Ya hubiera querido Evo Morales más artistas rendidos a sus pies para darles dinero a manos llenas. No lo consiguió porque seguramente hay suficiente dignidad como para resistirse a la impostura. El régimen del cocalero invirtió su dinero en asuntos banales como el rally Dakar, en organizar concursos de belleza y recitales de música cuyo único fin era rendir culto al caudillo. Lo mismo pasó con el museo de Orinoca, con monumentos y otros gastos, pues el Ministerio de Cultura también estuvo al servicio de la persecución política, ejercida a través del viceministerio de descolonización, despacho que todavía está operativo.

Los que aman el arte deberían estar de acuerdo con que se termine con la hipocresía que reina a nombre de la “promoción de la cultura”. Mientras no haya una intención clara, una política bien orientada en bien de los artistas, no hay por qué seguir derrochando el dinero sin razón alguna. En ese caso, no queda más que reconocer un gesto de honestidad del actual gobierno

Los que aman el arte deberían estar de acuerdo con que se termine con la hipocresía que reina a nombre de la “promoción de la cultura”. Mientras no haya una intención clara, una política bien orientada en bien de los artistas, no hay por qué seguir derrochando el dinero sin razón alguna. En ese caso, no queda más que reconocer un gesto de honestidad del actual gobierno.