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 19 de Octubre de 2019
Editorial/Opinión
Editorial
Ley contra el cáncer: más improvisación
Martes,  10 de Septiembre, 2019
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Hace unos meses, el presidente Morales se declaró sorprendido con las dimensiones del problema del cáncer en Bolivia. Lo hizo cuando arreciaron las protestas de los enfermos que reclamaban mejoras en la atención, compra de equipos especializados y una ampliación de la infraestructura hospitalaria dedicada al tratamiento oncológico que no ha sido renovada en varias décadas.

Los pacientes con cáncer llevan planteando sus demandas desde hace años y han llegado a extremos insólitos para un país que ha inventado varias formas de protestar. Seguramente no hay registros en el mundo de marchas, crucifixiones y huelgas de hambre protagonizadas por enfermos terminales, pero hasta eso hemos visto en Bolivia, única manera en que se consiguió la atención gubernamental, cuya respuesta no fue menos extravagante.

En Bolivia hay varias formas de dar la sensación de solución a un problema. Se crean comités, se hacen cumbres, se inventan algún ministerio o una oficina pública para que se encargue del tema o, lo más frecuente, se aprueba una ley, cosa que ha sucedido con el cáncer.

Si fuera por leyes, Bolivia sería el país más moderno y desarrollado del mundo; no tendríamos violencia doméstica, no habrá pobreza, la educación sería la mejor del planeta y hoy estuviéramos llamando la atención del mundo por nuestros inmensos y verdes bosques y no por el fuego que los está consumiendo.

Todas las leyes bolivianas son una maravilla, incluyendo la de reciente aprobación, firmada a regañadientes por el presidente Morales, quien fue urgido simplemente porque está en campaña electoral, periodo en el que se vería muy mal que los pacientes con cáncer retomen las calles. El malestar del régimen esconde el convencimiento de que estamos ante un nuevo caso de lo que en política se denomina “letra muerta” y que en nuestro país es el clásico: “se acata pero no se cumple”.

La ley aprobada es una extensión del Seguro Único de Salud, que intenta, por decreto, mejorar los servicios, convertirlos en gratuitos para todos y hacer que los hospitales funcionen con mayor eficiencia que antes, con el mismo personal y con menos recursos.

En este caso, estamos ante una enfermedad mucho más compleja, que requiere medicamentos de alto costo, tratamientos excesivamente largos con prolongados periodos de internación y muchos otros detalles que precisamente no hay sido resueltos, porque nuestro sistema sanitario tiene otras prioridades. Y con ello no tratamos de decir que el cáncer deba ser relegado a segundo plano, sino que es imposible no hacerlo, cuando todavía tenemos graves problemas con la mortalidad infantil, con la tuberculosis, con los problemas respiratorios, la diarrea y otros males que siguen siendo letales porque la salud está en los últimos lugares del presupuesto.

No se puede ser optimista con un manejo tan improvisado de un asunto público que debería ser motivo de diagnósticos serios, una planificación detallada y un trabajo de implementación que asegure los recursos y la atención a los grupos afectados. Con este simplismo, no queda más que asegurar que el Gobierno sigue jugando con la salud de la población.

Si fuera por leyes, Bolivia sería el país más moderno y desarrollado del mundo; no tendríamos violencia doméstica, no habrá pobreza, la educación sería la mejor del planeta y hoy estuviéramos llamando la atención del mundo por nuestros inmensos y verdes bosques y no por el fuego que los está consumiendo.