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Editorial/Opinión
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La crisis del Estado
Domingo,  31  de Enero, 2021
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El primer ministro británico, Boris Johnson no ha tenido más remedio que admitir su error y pedir perdón por el manejo caótico de la pandemia, que ha ocasionado más de 100 mil muertos en el Reino Unido. El ex presidente Donald Trump todavía reniega de su derrota, atribuida en gran parte al descontrol de la emergencia sanitaria, ya que antes de la llegada del Covid tenía prácticamente asegurada su reelección. El brasileño Bolsonaro está en la cuerda floja, dimite Giuseppe Conte en Italia y en los Países Bajos, una de las naciones más pacíficas del mundo, se debate en medio de la violencia y la amenaza de una guerra civil.

En la Unión Europea se ha abierto un conflicto entre los gobiernos y los laboratorios que producen las vacunas contra el Covid. Las empresas tienen su propio ritmo de producción, pero también sus intereses y sus condiciones que buscan imponerlas a los países, angustiados por conseguir la ansiada dosis contra el virus, que en su segunda y tercera olas está causando el desborde de contagiados y la amenaza de causar una catástrofe en el mundo.

El líder ruso Vladimir Putin acaba de lanzar al ruedo el gran debate que surge en este momento en el que los estados no consiguen frenar la arremetida del Covid, un enemigo que desbordó a los gobiernos, que los encontró desprevenidos y sin recursos para combatirlo, pese a que llevamos un año de intensa lucha.

Putin dice que las empresas tecnológicas, las otras vedettes de la pandemia, junto con los grandes laboratorios, están tratando de competir con los estados y lo dice no sólo por lo que está ocurriendo en relación con los fabricantes de vacunas, sino por el comportamiento de las compañías que acaban de propinarle un fuerte golpe al ex dueño de la Casa Blanca, a quien censuraron acusándolo de incitar a la violencia. Esta demostración de fuerza de Twitter, de Facebook y de otros gigantes, resulta amenazante para cualquier gobernante, que más pronto que tarde, puede correr la misma suerte que magnate. 

En resumen, se trata de una larga batalla que ha llegado a su punto culminante, entre estado y empresa, entre política y libre mercado, entre control y libertad, entre el sector público y el ámbito privado, que siempre ha sido sometido ante quien tienen el monopolio del uso de la fuerza, un elemento que hoy no se puede usar, pues son precisamente las compañías las que tienen el sartén por el mango. Ellas son las que han dado con la solución a la pandemia, ellas son las que tienen el control del comercio, de la comunicación y de las grandes innovaciones y los estados están sumidos en el fracaso, algo que el ciudadano común está viendo con suma claridad.

Esta pandemia podría agravar aún más la crisis que viene socavando la credibilidad del estado, del poder de los políticos y de la capacidad de los gobiernos por atender las necesidades del hombre común. El paso que sigue es darle la libertad a las empresas y a todos los innovadores y creativos del mundo, para que se ocupen de los asuntos que embrollan los gobernantes. 

El primer ministro británico, Boris Johnson no ha tenido más remedio que admitir su error y pedir perdón por el manejo caótico de la pandemia, que ha ocasionado más de 100 mil muertos en el Reino Unido. El ex presidente Donald Trump todavía reniega de su derrota, atribuida en gran parte al descontrol de la emergencia sanitaria, ya que antes de la llegada del Covid tenía prácticamente asegurada su reelección. El brasileño Bolsonaro está en la cuerda floja, dimite Giuseppe Conte en Italia y en los Países Bajos, una de las naciones más pacíficas del mundo, se debate en medio de la violencia y la amenaza de una guerra civil.

En la Unión Europea se ha abierto un conflicto entre los gobiernos y los laboratorios que producen las vacunas contra el Covid. Las empresas tienen su propio ritmo de producción, pero también sus intereses y sus condiciones que buscan imponerlas a los países, angustiados por conseguir la ansiada dosis contra el virus, que en su segunda y tercera olas está causando el desborde de contagiados y la amenaza de causar una catástrofe en el mundo.

El líder ruso Vladimir Putin acaba de lanzar al ruedo el gran debate que surge en este momento en el que los estados no consiguen frenar la arremetida del Covid, un enemigo que desbordó a los gobiernos, que los encontró desprevenidos y sin recursos para combatirlo, pese a que llevamos un año de intensa lucha.

Putin dice que las empresas tecnológicas, las otras vedettes de la pandemia, junto con los grandes laboratorios, están tratando de competir con los estados y lo dice no sólo por lo que está ocurriendo en relación con los fabricantes de vacunas, sino por el comportamiento de las compañías que acaban de propinarle un fuerte golpe al ex dueño de la Casa Blanca, a quien censuraron acusándolo de incitar a la violencia. Esta demostración de fuerza de Twitter, de Facebook y de otros gigantes, resulta amenazante para cualquier gobernante, que más pronto que tarde, puede correr la misma suerte que magnate. 

En resumen, se trata de una larga batalla que ha llegado a su punto culminante, entre estado y empresa, entre política y libre mercado, entre control y libertad, entre el sector público y el ámbito privado, que siempre ha sido sometido ante quien tienen el monopolio del uso de la fuerza, un elemento que hoy no se puede usar, pues son precisamente las compañías las que tienen el sartén por el mango. Ellas son las que han dado con la solución a la pandemia, ellas son las que tienen el control del comercio, de la comunicación y de las grandes innovaciones y los estados están sumidos en el fracaso, algo que el ciudadano común está viendo con suma claridad.

Esta pandemia podría agravar aún más la crisis que viene socavando la credibilidad del estado, del poder de los políticos y de la capacidad de los gobiernos por atender las necesidades del hombre común. El paso que sigue es darle la libertad a las empresas y a todos los innovadores y creativos del mundo, para que se ocupen de los asuntos que embrollan los gobernantes. 

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