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Editorial/Opinión
Editorial
Extravío en la ONU
Viernes,  27 de Septiembre, 2019
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La Asamblea General de la ONU era el escenario perfecto para que el presidente Morales invoque la solidaridad mundial con la catástrofe que está ocurriendo en la Chiquitania, donde el fuego consume un promedio de 150 mil hectáreas por día. No era necesario que declare “desastre nacional”, sino que simplemente hable del tamaño del problema y de la necesidad de sumar esfuerzos para poder controlar las llamas.

Podría haberles dicho a las naciones del mundo que es el momento de ayudar, ya que tanto hablan de que nuestros bosques son el pulmón del mundo y que es necesario preservarlos. Era la ocasión para restaurar la imagen del Gobierno boliviano y renovar el compromiso con el cuidado del medio ambiente, discurso que ha quedado totalmente aplastado por la realidad y las incoherencias del régimen.

En su lugar el primer mandatario optó por la ingenua salida de intentar disimular la realidad, decir que todo está bajo control y buscar culpables en todas direcciones menos en la ineptitud del Gobierno, en la soberbia y el trastorno mental que sufren los jerarcas, que han perdido todo sentido de la realidad, pues ya ni siquiera saben cuánto se ha gastado, no se ponen de acuerdo en las cifras y se enredan con los números. Fue tal el extravío en Nueva York, que al presidente le sobró el tiempo para deambular en otros asuntos y meter de contrabando y con muy mal tino el tema marítimo, buscando una beligerancia innecesaria con Chile, con el que tenemos que trabajar arduamente en la recomposición de un diálogo post-La Haya que todavía no ha empezado.

Las autoridades nacionales se han negado a admitir el “desastre” por una cuestión netamente semántica. La connotación que tiene esta palabra es muy negativa y mucho más cuando el Gobierno insiste en que Bolivia es una isla de paz, bienestar y prosperidad. El desastre desnuda la histórica desorganización de nuestro país, la plena vigencia de un Estado que funciona de espaldas a la gente y sus demandas; la persistencia de un modelo económico extractivista que se está derrumbando y por último, el cinismo de una élite a la que no le interesa en lo más mínimo la ecología, la Madre Tierra, el agua o la fauna. En su lugar, lo único que cuidan los cortesanos del poder es la imagen presidencial, tratan de esconder la pérdida del control de la situación y que en las actuales circunstancias, solo la providencia de la naturaleza puede aplacar el fuego.

En 2016, el presidente Morales sabía que su repostulación era ilegal y que llamar a referéndum pasaba por encima de la Constitución. Quería llamar a una consulta para saber si la gente todavía lo quería y soberanamente la ciudadanía le dio una respuesta muy clara. Razones de sobra le ha dado a la población para manifestar un descontento que se ha transformado en una furia tan caliente como las llamas de la Chiquitania. Aún le quedaba el fervor que despertaba en el mundo, donde había muchas esperanzas de que un líder como él pueda cambiar la historia de Bolivia. La sala vacía de la ONU fue la demostración de que ese aprecio también se esfumó.

A Evo Morales aún le quedaba el fervor que despertaba en el mundo, donde había muchas esperanzas de que un líder como él pueda cambiar la historia de Bolivia. La sala vacía de la ONU fue la demostración de que ese aprecio también se esfumó.