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Editorial/Opinión
Editorial
Estado de desastre y un estado desastroso
Miércoles,  18 de Septiembre, 2019
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El discurso más repetido en estos trece años se ha referido a la soberanía e independencia que ha alcanzado el país gracias al “proceso de cambio”. Dicen que antes éramos limosneros que no teníamos ni siquiera para pagar los sueldos de los maestros y los policías y que ahora sobra el dinero para... ¿para qué?

En medio del impresionante desastre de la Chiquitania, el presidente Morales no ha parado de inaugurar campos de fútbol, uno en Yapacaní, otro en Cotoca, en Aiquile y próximamente en alguna otra localidad donde no hay suficientes espectadores ni equipos para armar un espectáculo decente. Lo mismo pasa con todos los aeropuertos construidos, donde no hay aviones ni vuelos y los innumerables coliseos donde “sólo juegan las ratas” (palabras de Evo Morales).

Nadie se puede quejar de la rapidez con la que actuó el régimen para traer el país el inmenso avión Supertanker, que le está costando millonadas cada día al país, mucho más de lo que le costó a Chile hace unos años, donde fueron más cautos y más racionales a la hora de “regar” tantos billetes. Pese a ello, los incendios se han mantenido, han llegado al nivel más extremo y según los expertos, sólo una lluvia intensa será capaz de sofocar las llamas.

Durante más de un mes, las autoridades nacionales se han empeñado en su negativa a declarar estado de desastre, con el argumento de que existen recursos suficientes para enfrentar la emergencia, que los incendios no han rebasado los esfuerzos que se hacen para combatirlos y que la ayuda internacional no es la varita mágica que terminará con el fuego en un abrir y cerrar de ojos. El canciller Diego Pary ha sido el más sincero, y a su manera, ha tratado de disimular la actitud de soberbia que está detrás la tozudez gubernamental. Ha dicho que la tan demandada declaratoria nos dejaría a expensas de los organismos internacionales. Eso, además de una exageración, es un asunto que no le sirve al régimen ni siquiera para salvar su imagen ante el mundo o para cuidar la pose de forzudo en plena campaña electoral.

A estas alturas todos están enterados de la falta de previsión, de la desorganización, la incapacidad, la improvisación y además, de la excesiva arrogancia del gobierno boliviano que han convertido a los incendios en el peor desastre de la historia nacional. En definitiva, lo que se puede constatar en esta emergencia es que Bolivia sigue con su patológica ausencia de Estado, es decir, de la carencia de instituciones que planifiquen, que se anticipen, que actúen en función de las demandas reales del país y de la población. Eso no se consigue con plata, con discursos ni con bravuconadas, pero hay que reconocer que con todo el respaldo popular que tuvo este Gobierno y con la gran cantidad de recursos que tuvo a su disposición, era el mejor momento de conseguirlo. Por el momento, tenemos estado de desastre y nuestro Estado sigue siendo desastroso.

Lo que se puede constatar en esta emergencia es que Bolivia sigue con su patológica ausencia de Estado, es decir, de la carencia de instituciones que planifiquen, que se anticipen, que actúen en función de las demandas reales del país y de la población.