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Editorial/Opinión
Editorial
Amantes de las mentiras
Domingo,  26 de Mayo, 2019
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“¿Por qué odian la verdad?”, se pregunta el agudo columnista Álvaro Puente haciendo alusión a la clase política y su enfermiza inclinación  a la farsa, el ocultamiento y la impostura.  

Es verdad que los gobernantes suelen enredarse en un mar de versiones  y montajes cada vez más grotescos, pero eso no sería posible si la  ciudadanía no fuera tan propensa a vivir en la mentira, al extremo de  amarla y aferrarse a ella.  

Desde que el mundo existe la relación entre los jefes y la tribu,  entre los reyes y los súbditos, entre los caudillos y las masas  siempre ha estado marcada por una gran dosis de cinismo. Los caciques,  monarcas y tiranos se han encargado de convencer que ellos nacieron  para mandar, que su herencia proviene de los dioses o que ellos tienen  una suerte de pacto con la divinidad para transformar este mundo de  penurias y carencias en un paraíso de justicia, paz y abundancia.  

Los amos del poder, los señores de la política y los brujos del Estado  convencieron a los individuos para que hicieran dejación de su  libertad y de sus propias capacidades y les entreguen a ellos la  facultad de hacer un deshacer de las sociedades en la supuesta  búsqueda del bien común, de la justicia social, del bienestar  colectivo, de los grandes intereses de la colectividad y tantas otras  falacias que se han inventado para justificar la dominación y la  pasividad del pueblo.  

El resultado de aquella patraña es que en pleno Siglo XXI, el  populismo –el modelo político basado en las apariencias-, todavía se  enseñorea en gran parte del planeta repleto de amantes de mentiras, de  esperanzados en varitas mágicas, en soluciones mesiánicas, en  transformaciones maravillosas, revoluciones asombrosas y en  refundaciones que no hacen más que agigantar el poder de esos  “enemigos de la verdad” que fustiga Puente.

Hay apenas unos cuantos reductos en el mundo, donde el ciudadano ha  alcanzado niveles de conciencia y madurez que los ha blindado en  contra de los embaucadores, pero lamentablemente este contrato entre  sultanes y vasallos vuelve a aflorar en momentos de crisis, como está  sucediendo en gran parte de Europa y en Norteamérica, donde las  sociedades están acoquinadas por la crisis económica y la migración y  rápidamente surgen los fundamentalistas con las soluciones fabulosas  que incentivan los nacionalismos, los radicalismos y tantos otros  fenómenos que llevaron al mundo a guerras y catástrofes que no  deberían repetirse.

En América Latina la situación es mucho más dramática. Nicolás Maduro  no podría mantener a Venezuela en ese estado tan calamitoso, si no fuera porque todavía existe una gran cantidad de venezolanos que  todavía creen que el socialismo les va a asegurar para siempre un  plato de comida, que el petróleo los va a sacar de la pobreza y que su  hambre y sus necesidades son culpa del imperio, una falsedad que  vienen repitiendo desde hace 60 años los dictadores cubanos. Si no  fuera porque hay un buen número de bolivianos convencidos de que sólo  hay una única respuesta de liderazgo en este país, a nadie se le  hubiera ocurrido ese absurdo de la reelección y los derechos humanos,  algo que comienza a parecerle coherente a los más ilustres.

"Si no fuera porque hay un buen número de bolivianos convencidos de que  sólo hay una única repuesta de liderazgo en este país, a nadie se le  hubiera ocurrido ese absurdo de la reelección y los derechos humanos,  algo que comienza a parecerle coherente a los más ilustres.