Siguenos en:
Martes
 19 de Noviembre de 2019
Editorial
Populismos del siglo XXI
Enfoque Internacional
Sábado,  10 de Julio, 2010

Guillermo Hirschfeld • Infobae-Buenos Aires - No se puede negar que el denominado socialismo del siglo XXI, que a primera vista podría parecer un esquema populista al uso, constituya un modelo político en cierto modo novedoso. Con el objetivo de quitarle el velo que disfraza de democrático a un sistema con vocación totalitaria, es necesario sistematizar el funcionamiento de esta perversión.
Uno de los rasgos más característicos de esta nueva forma de dominación, cuyos ejemplos más paradigmáticos son los encarnados por las actuales administraciones de Venezuela, Bolivia y Ecuador, es la siguiente: se utilizan herramientas de la democracia para vaciar de contenido, precisa y paradójicamente, a la propia democracia.
En primer lugar, en este proceso el caudillo llega al poder mediante elecciones; no hay golpe de Estado. Y este elemento es clave, ya que es constantemente utilizado por el régimen para justificar su legitimidad.
Pero la democracia exige mucho más que la mera celebración de elecciones. Exige Estado de derecho, separación efectiva de poderes, alternancia en el poder, rendición de cuentas, pluralismo y respeto por las minorías. Precisamente estos son algunos de los componentes de la democracia que el régimen se propondrá aniquilar solapadamente bajo el cobijo "democrático". Es decir, en este neopopulismo se captura a la democracia por dentro, desvirtuando su esencia.
Cronológicamente, podríamos decir que este proceso tiene una fase de preparación. Una incubación en donde se abona el terreno para que el caudillo haga su aparición. Esta etapa está caracterizada por el descrédito de los partidos políticos y del sistema político en general.
Una fuerte crisis económica, social y política suele ser el caldo de cultivo para que grupos violentos hagan su aparición disfrazados de espontáneos movimientos sociales que reclaman un cambio. El caudillo es un líder carismático, un outsider que suele no provenir de "la política" y que propone un proyecto refundacional de la república, un volver a empezar de cero para que termine de morir el sistema anterior, que bajo esta lógica fue el culpable de todos los males de la sociedad. En esta instancia es probable que el caudillo oculte la ideología de su proyecto. Las imposturas revolucionarias, socialistas y de izquierda radical vendrán con posterioridad. En esta instancia, se presentará simplemente como la voz de lo nuevo. De algo "nuevo" que viene a terminar con lo "viejo". Esta lógica persistirá durante todo el proceso, y las voces críticas serán muchas veces acalladas so pretexto de pertenecer a aquello que pereció con lo viejo.
En esta etapa, el caudillo utilizará, en su vertiginoso ascenso, un discurso demagógico y esperanzador que, halagando los oídos del pueblo en medio del caos generalizado, le bastará para alzarse con el poder. Una vez obtenida su meta a través de las elecciones, el régimen buscará la creación de un nuevo orden legal que escape al orden jurídico vigente y que esconderá todos los engranajes necesarios para la concentración de poder.
Aprovechando su popularidad, recurrirá a un perverso afán plebiscitario para obtener ésta y cuantas herramientas legales necesite para instrumentar el proyecto totalizador. En medio de la euforia proveniente de la popularidad, el "líder" aprovechará para provocar una fuerte fractura de la sociedad jaleando el odio de clases. Aparecerán, entonces, apuntados por el dedo del poder, los enemigos de la revolución, los enemigos de lo "nuevo".
Pero el elemento clave y característico del modelo es lo que se podría denominar la "clonación de las fuerzas vivas de la sociedad". Se trata de una duplicación paródica de las fuerzas vivas tradicionales que pueden oponerse al gobierno. Es decir, el populista, utilizando mecanismos de prebenda, activará movimientos ficticios a imagen y semejanza de los que se organizan espontáneamente contra la autoridad. Por ejemplo, ante los movimientos estudiantiles que se manifiestan contra el gobierno, el régimen formará sus propios movimientos estudiantiles (sin importar, por ejemplo, que quienes los integren no estén matriculados en centro de estudio alguno); a los sindicatos históricos, les impondrá los suyos propios; a las academias y colegios profesionales, otro tanto.
En este sentido, es muy ilustrativo el operativo que el régimen despliega ante lo que podemos denominar "la toma y control de la calle". Contra las protestas y marchas, el Gobierno moviliza raudamente a "su gente".  Generalmente esta movilización se hace a través de punteros políticos. Sacará sus contramarchas, aunque deba movilizar a la población pagándole o llevándola en autobuses. Incluso, frente a la Iglesia Católica, será capaz de proponer una Iglesia nacional.
Es importante destacar que este modelo representa una pieza fundamental en la parodia montada por el régimen. En primer lugar, porque relativiza el valor y poder de la protesta real; y en segundo lugar, porque le facilita la consolidación de un discurso maniqueo.
En definitiva, la sociedad se verá capturada poco a poco por el régimen en su totalidad. Y en la carrera hacia el abismo, el nuevo populismo comenzará a mostrar su riñón más radical. Aparecerán los pañuelos rojos, el adoctrinamiento, las alusiones marxistas...
En la jerga callejera, se conoce con el nombre de “trilero” al personaje que con tres cubiletes y una bolita despliega un juego que consiste en que la víctima o jugador debe adivinar debajo de qué cubilete se encuentra la pelotita. En ocasiones, el trilero se vale de cómplices, que convencen a la víctima de la facilidad para acertar. Pero este juego suele estar asociado con el engaño, mediante pases de mano, el truco del estafador reside en una elaborada habilidad de prestidigitación y ligereza, en mostrar y esconder de manera rápida la pelotita en alguna de sus manos para evitar que la víctima la localice.
Y en eso consiste la estafa del socialismo del siglo XXI: cuando ves dictadura, levantan el cubilete y te muestran unas elecciones, cuando detectas la criminalización de la protesta, el cubilete está vacío y el tercero está lleno de gente aplaudiendo al demagogo. Al trilero.
Afortunadamente, las nuevas encuestas regionales, el giro de cierto progresismo europeo que ha decidido darles la espalda a estos proyectos y las elecciones de Chile, Uruguay y Colombia nos demuestran que en América Latina ya queda cada vez menos espacio para los trileros del siglo XXI.

*Guillermo Hirschfeld es profesor de Derecho y politólogo. En la actualidad es Coordinador de Programas para América Latina de la Fundación Faes (Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, de España)