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Santa Cruz
Editorial
Redes sociales
Domingo,  28  de Febrero, 2016

El Gobierno boliviano no es el único que odia las redes sociales. Ilustres personajes de la talla del premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, sienten desprecio por el Facebook, el Twitter, Youtube y otras formas de comunicación que utilizan los ciudadanos de hoy.

Ellos tienen razones de peso para rechazarlas. Dicen que estimulan la superficialidad (mucho más que la televisión), que promueven las tonterías y creen que no son más que multitudes hablando al mismo tiempo sobre hechos irrelevantes, opinando sin fundamento sobre temas importantes e incidiendo en el debate mundial con argumentos que ellos consideran absurdos.

El odio de Vargas Llosa y otros connotados intelectuales es muy parecido al sentimiento que embarga en este momento a los perdedores del referéndum del 21 de febrero. Se llama “Crisis de las élites” y se refiere al grave problema que tienen los que ayer monopolizaban el conocimiento, eran dueños de todos los púlpitos, de los micrófonos y de las cámaras y concentraban la atención de las masas. Hoy esos intelectuales, líderes, pensadores, filósofos y demás estrellas del firmamento, tienen que compartir el espacio con los irreverentes usuarios de las redes sociales, que han aprendido a usar muy bien sus derechos a la libre expresión, a la libre asociación y a la participación, factores que también incomodan especialmente a los dueños del poder.

Una de las que más debe odiar a las redes sociales es precisamente la candidata demócrata Hillary Clinton una señora muy inteligente, pero que todavía se mueve en la política a la vieja usanza. En 2008 daba por descontado su ingreso a la Casa Blanca sin darse cuenta que otro postulante, Barack Obama, había descubierto que también se puede hacer política a través de internet, donde se hizo muy popular, al punto que le arrebató el sueño a la dama de los vestidos anticuados, que hoy vuelve a estar en peligro frente al hiper mediático Donald Trump.

Es por eso mismo que hoy la política, las campañas y las candidaturas ya no pueden prescindir de las redes y el truco está en saber usarlas sin ponerse a la altura de los que insultan y se burlan, como lo hizo precisamente el oficialismo boliviano en los meses previos al referéndum, que incurrió en guerra sucia, con armas muy parecidas a las que hoy critica. En este momento nadie puede declararse víctima, porque no hay inocencia. Lo que sí sobró fue impericia.

Finalmente, cuando se habla del impacto de las redes sociales, no se puede dejar de mencionar lo que ocurrió en la denominada “Primavera Árabe”, esa revolución ocurrida entre 2010 y 2013 que acabó con viejas y poderosas dictaduras en Túnez, Egipto y Libia y que produjo fuertes sacudones en más de una docena de países del Medio Oriente. En aquellas naciones todos los medios de comunicación estaban controlados, los sindicatos eran fieles al Gobierno, no había canales de participación y menos de expresión del descontento, hasta que los ciudadanos descubrieron el inmenso poder de las redes para convocar, movilizar y protestar, armas que son derechos y que siempre han servido para enfrentarse a las tiranías. Ese es un hecho insoslayable, indiscutible y con el que tendremos que convivir para siempre. Tratar de remar contra la corriente es seguir buscando el retroceso de nuestras sociedades, como lo hacen Cuba, China o Corea del Norte. ¿Eso queremos?

Hoy la política, las campañas y las candidaturas ya no pueden prescindir de las redes y el truco está en saber usarlas sin ponerse a la altura de los que insultan y se burlan, como lo hizo precisamente el oficialismo boliviano en los meses previos al referéndum, que incurrió en guerra sucia, con armas muy parecidas a las que hoy critica. En este momento nadie puede declararse víctima, porque no hay inocencia. Lo que sí sobró fue impericia.

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