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Internacional
¿Condenados al fracaso?
Terra Nostra
Viernes,  30 de Abril, 2010

Daniel A. Pasquier Rivero - Los resultados de diciembre 2005 trajeron vientos de cambio. Para muchos, se abrirían, por fin, las puertas que durante años marcaron la exclusión del indígena en la definición de los destinos de la Patria. Renacía la esperanza en los pobres y desamparados de la fortuna, porque los beneficios del desarrollo les alcanzarían, dado que llegaba uno de los suyos a la presidencia. Era correcto esperar una voluntad de hierro al servicio de los más necesitados. Hasta los que no votaron por Evo Morales encontraban en esos resultados el hastío provocado por un cuerpo de partidos políticos agotados en su gestión, incapaces de adecuarse a un mundo más moderno y más competitivo. 
En todas las latitudes del planeta se confirma que la debilidad institucional, los grados de corrupción tanto en el sector público como en el privado, la claridad en las reglas o políticas que definen el mercado y, sobre todo, la garantía jurídica a los derechos de las personas y a sus bienes, definen los resultados de cualquier gestión. No importa de qué tendencia sean los gobiernos si, al fin de cuentas lo que importa es que la estructura jurídica que define al Estado sea coherente, estable y  respetada por todos los actores, gobierno y gobernados. En ese contexto podrían enmarcarse con mayor o menor dificultad hasta regímenes que a primera intención parecen  incompatibles con el desarrollo de sociedades en libertad y democracia, como son los ejemplos de China y Vietnam, entre otros.  Sin embargo, los resultados están a la vista. Donde la libertad económica  acompaña de cerca a las libertades políticas,  la brecha entre pobres y ricos disminuye y la lucha contra la pobreza de millones de seres humanos es eficaz: los pobres en Brasil son 40 millones menos, en China más de 300 millones abandonaron la pobreza,  Chile bajó su índice de pobreza de 43 a 13%  en los últimos  años, y hasta Bolivia entre 2002 y 2007 lo bajó 10 puntos (datos de PNUD).   
Pero para que el país marche no basta que Evo y el MAS descalifiquen al capitalismo, que se respete a la empresa privada de dientes para afuera, se convoquen elecciones casi semestrales, se firmen contratos que después “emigran” hacia otros “renegociados” o se sumen adendas que no serán cumplidas. El reconocido crecimiento del PIB entre 2-4%  pese a la crisis internacional,  tiene su mérito en el “conservador” manejo de la macroeconomía, dejando entre líneas el aporte de los exiliados por la pobreza (remesas) y el narcotráfico, sobre el que obviamente no hay cifras oficiales pero cuyos resultados están a la vista: la inversión externa cae dramáticamente, la inversión privada no se materializa, las exportaciones legales también caen (con ligero repunte el primer trimestre 2010), pero la construcción y la banca crecen. Aumentan los depósitos, pero no hay ambiente para las inversiones.
No hay desarrollo social, político ni económico sin libertades. Raúl Castro, miembro de la dinastía Castro Ruz, reconoció en julio 2009 que “es  hora de dejar de estar gritando  el Patria o muerte, ya es hora de ponerse a trabajar”. Los asistentes a los festejos del aniversario de la toma del Cuartel Moncada sorprendidos,  pero más lo fue el resto del mundo, porque hacia afuera siguen pregonando junto a sus  satélites, el control político sin piedad contra disidentes y opositores, aconsejan economías hipercentralizadas, que inventan de nuevo el “empleo público” como remedio milagroso a todos los males. Cuba hoy, con un millón de empleos parásitos de la economía estatal, dejó de estar cercano al primer mundo para ir a la bancarrota, en sólo 50 años. 
No basta achacarle a los “cambas” todos los males para justificar los niveles del contrabando por las fronteras del altiplano: gas y  alimentos hacia afuera, precursores y movilidades hacia adentro; el fracaso de la gestión sindical minera en el Mutún, cerrando a Bolivia la mayor posibilidad real de desarrollo futuro; el atropello a la empresa San Cristóbal en Potosí, el incumplimiento a las petroleras desde la nacionalización en mayo 2006; la riqueza forestal, en los santuarios medioambientales del Choré, Amboró, Isiboro Sécure, la Chiquitania, entregada a los dueños de lo ajeno, convertidas en tierras de nadie. Como no se le puede achacar a los opositores la inseguridad ciudadana, el delito y la violencia, si la Policía niega su concurso a  autoridades legalmente constituidas y  tampoco atiende el reclamo directo de la ciudadanía.
El país quiere trabajar en paz, justicia donde corresponde. Es la única manera de construir país, nación, Estado. El MAS no va a acabar con los cambas ni con los opositores, y menos, va a resolver de esta manera todas esas carencias del mal gobierno. Si alguien tiene deudas con la justicia que cumpla condena, después de un juicio justo, allí donde se cometió el delito. ¿Cómo van a sobrevivir y a defenderse  los pandinos  presos en La Paz, sin proceso ni sentencia? Media docena de movilidades  cercando la vivienda de un “posible” acusado de un delito todavía no especificado, cuando están pendientes de investigación cientos de asaltos a personas y empresas, robos y asesinatos. Cuando siguen vivitos y coleando “los encapuchados”, con varios cueros y cientos de miles de dólares en su haber.  No. Tenemos que construir ciudadanía, humanidad, en este rincón del planeta. Como ejemplo, después de 44 años sale libre el asesino de Malcom X, el activista por los derechos de los afroamericanos: no a la discriminación,  un no a la impunidad.
Bolivia entre los Estados fallidos, hasta que el Estado Plurinacional  formalizó la esperanza de muchos. Pero el nuevo líder ha caído en el viejo caudillismo. Y si la imaginación voló al principio tratando de entender cómo se arrastraría el poderoso Illimani buscando pareja, lo dijo el Canciller,  ya no es tiempo de bromas. El tiempo le corre a Evo, con coca o sin ella, y debe pensar en “su” tiempo,  como  también en  el futuro de la Patria.