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¿Repetir la historia?
Viernes,  15  de Diciembre, 2017

Las dictaduras militares llegaron al poder en los años 60 y 70 del siglo pasado con el objetivo de luchar contra el comunismo, planteo que muchos consideraron legítimo en ese momento y que a estas alturas está plenamente justificado, pues aquella enfermedad hubiera provocado desastres como los de Cuba en Chile, por citar solo un ejemplo, tal vez el más pedagógico.

Lamentablemente a los militares, como a cualquier otro gobernante que no tiene límites legales ni políticos, se les fue la mano y además de instaurar un régimen de terror que no midió consecuencias, sumieron a los países en una crisis económica catastrófica que tuvimos que pagar en casi todos los países en la década de los 80, con procesos hiperinflacionarios que dejaron pobreza y marginalidad en todas direcciones. Eso sin mencionar el derroche, los elefantes blancos y la escandalosa corrupción que en Bolivia dejó también una pesada herencia de narcotráfico que invadió todos los ámbitos de la vida pública y privada, con graves implicaciones en la clase política.

Los militares se volvieron un hueso duro de roer. No querían abandonar el poder y en parte fue por el temor a las consecuencias que se tradujeron en juicios criminales que llevaron a la cárcel a muchos de esos jerarcas que lucían tan impetuosos y soberbios en su apogeo. Esos procesos todavía siguen dando qué hablar. No hace mucho, el tristemente célebre ministro del Interior, Luis Arce Gómez terminó su condena en Estados Unidos y pasó directamente a Chonchocoro: lo mismo pasó con el panameño Noriega y en Argentina todavía siguen a la pesca de algunos prófugos de la dictadura que gobernó el país entre 1976 y 1983 y hace unos días nomás se produjo la condena a los pilotos que lanzaban a los presos políticos al mar.

En los años 90, los movimientos populistas encabezados por líderes carismáticos y discursos muy convincentes, tomaron el poder con la meta de derrotar al neoliberalismo que había secuestrado la democracia y la había puesto al servicio de intereses elitistas. Otra vez la legitimidad estaba de su parte y a diferencia de las dictaduras del pasado, un inmenso apoyo popular les dio su respaldo y la legalidad indispensable para que mantengan el “mote” de gobiernos democráticos, pese a que desde un primer momento no han hecho más que pasar por encima del estado de derecho. Todo a nombre del cambio, pues como dice el presidente Morales “con las leyes no se puede hacer casi nada”.

No vale la pena abundar en la calamidad económica que ha dejado como lastre el populismo en Argentina, en Venezuela, Ecuador o en Venezuela y que seguramente tendrá que mandar al banquillo a los responsables. Por ahora la corrupción está pasando altísimas facturas nada menos que al brasileño Lula y su séquito y a connotados miembros de la dinastía “K” en Argentina. En Ecuador, el presidente Lenín Moreno dice estar espeluznado por el grado de corrupción del gobierno de Rafael Correa y en Venezuela cada día surge un nuevo escándalo de proporciones épicas. Eso parece ser solo la punta del iceberg y en todo caso, nos mete en otra historia por repetir. Solo queda clamar que Dios nos salve de otra dictadura.

Los militares se volvieron un hueso duro de roer. No querían abandonar el poder y en parte fue por el temor a las consecuencias que se tradujeron en juicios criminales que llevaron a la cárcel a muchos de esos jerarcas que lucían tan impetuosos y soberbios en su apogeo

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