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Editorial
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Una transición que no se acaba
Domingo,  2  de Febrero, 2020
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Desde que se fue el último dictador militar en Bolivia, en 1982, hemos vivido varios periodos de transición y por los hechos políticos que se vienen sucediendo, la metamorfosis seguirá haciendo sus dolorosos efectos por mucho tiempo más, hasta que lleguemos a una situación medianamente prometedora de estabilidad y prosperidad.

Se creía, por ejemplo, que la democracia era un modelo consolidado libre de amenazas involutivas, pero henos aquí, con los dientes apretados, tratando de salvarla nuevamente y alejar los fantasmas de la dictadura, que llegaron acompañados de otros grandes monstruos como el narco-estado, la hiper-corrupción, un deterioro nunca antes visto del tejido institucional, la peor justicia de nuestra historia y, por supuesto, el riesgo de una fuerte crisis económica.

El ascenso de Evo Morales al poder, acompañado de un caudal electoral inédito y una evidente legitimidad, fue observado por los más optimistas como la promesa de consolidación de un estado que jamás logró edificarse desde la Independencia, con más equidad, más justicia, inclusión, pero ni siquiera la histórica bonanza de una década ayudó a pergeñar un mejor destino para los bolivianos. En algunos asuntos centrales, habrá mucho trabajo para recuperar y restaurar el aparato público y en muchos otros nos están obligando prácticamente a empezar de cero.

Mucho se ha hablado del post-evismo y se visualizaron algunos escenarios positivos, pero nadie imaginó el legado que dejaría el cocalero prófugo y la amenaza que todavía representa para el país y la democracia. Algunos creían que después del fallido “proceso de cambio”, estaba pendiente la construcción de un país más descentralizado, enfocado en la construcción de nuevas matrices productivas y con un ambiente político propicio para la apertura y la participación de actores diferentes.

Hoy no sólo  tenemos que seguir haciendo grandes esfuerzos por continuar pacificando al país, sino que debemos lidiar con el riesgo del terrorismo, con la acción de mafias que se fortalecieron durante 14 años y encima de eso, con una fragmentación social que de por sí era compleja en Bolivia, pero que últimamente se agudizó gracias a la siembra del odio y el racismo.

Creíamos que había llegado el tiempo del fortalecimiento democrático, a través de las autonomías o el federalismo, de una mejor distribución de los ingresos, por medio de un pacto fiscal y de la creación de polos de desarrollo en todo el territorio que ayuden a equilibrar la capacidad de las regiones. Creíamos que había llegado el tiempo de la salud, de la educación, de los recursos humanos y los servicios básicos, pero hoy tenemos al frente otras urgencias que seguirán postergando lo importante. Para colmo tenemos una clase política que también se encuentra en transición, que todavía no entiende las necesidades del país y que se resiste de desprenderse de las viejas estructuras y actitudes que nos impiden salir del cascarón.

Hoy no sólo  tenemos que seguir haciendo grandes esfuerzos por continuar pacificando al país, sino que debemos lidiar con el riesgo del terrorismo, con la acción de mafias que se fortalecieron durante 14 años y encima de eso, con una fragmentación social que de por sí era compleja en Bolivia, pero que últimamente se agudizó gracias a la siembra del odio y el racismo.