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Editorial
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Una final de infarto
Domingo,  11 de Octubre, 2020
Una-final--de-infarto

Los días que quedan antes de las elecciones del 18 de octubre serán los más emocionantes y los más llenos de expectativa que se hayan vivido en la historia de nuestra democracia. El nerviosismo aumenta en la medida que se publican las últimas encuestas que se prestan a distintas interpretaciones. Mientras que algunos creen que el MAS tiene grandes posibilidades de ganar la votación en primera vuelta, otros aseguran que el ballotage está prácticamente confirmado, lo que anticipa una derrota de Luis Arce Catacora.

La fotografía del momento actual es casi calcada de lo que ocurría por estos días, el año pasado y que seguramente encendió todas las alarmas en el régimen del cocalero, que ya tenía preparado el fraude electoral, pero que tuvo que improvisar medidas extraordinarias ante el peligro (que finalmente se convirtió en una realidad) de perder el poder en las urnas aquel fatídico y al mismo tiempo histórico 20 de octubre de 2019. Ese día, todas las trampas no pudieron tapar la voluntad de la ciudadanía, que al día siguiente salió a las calles masivamente a defender su voto y luchar contra la instauración de una dictadura.

¿Se  repetirá nuevamente ese mismo escenario? Nadie lo sabe, especialmente porque todavía es grande el volumen de indecisos y porque hay un 40 por ciento de los votantes que no están plenamente convencidos de su decisión, que a última hora pueden cambiar de idea. Eso incrementa la tensión y se agudiza la campaña por el “voto útil”, una estrategia que se ha vuelto antipática ya que todos los ojos se concentran en Santa Cruz, departamento al que le han cargado la responsabilidad de salvar la democracia y que al que seguramente culparán por un virtual retorno del totalitarismo masista. Nadie se queja por el 47 por ciento que mantiene el MAS en La Paz, el 45 por ciento de Cochabamba o el 37 por ciento de Oruro.

Pese al contexto tan complicado, existen razones para ser optimistas. Las tendencias del voto que marcan las encuestas parecen irreversibles y conducen indefectiblemente a una segunda vuelta. Si la gente percibe el mensaje de riesgo que sí existe y que es innegable, no hay duda que reaccionará a favor de la democracia y si bien la división del voto afecta el objetivo central de esta elección, no producirá una catástrofe, como piensan los analistas apocalípticos. La principal ventaja de todo es que esta vez contamos con la confianza en la limpieza y la transparencia de los comicios.

Sin embargo, más allá de cualquier análisis meramente aritmético, el panorama general del país se pinta muy difícil, pues nuevamente se vislumbra un gran abismo que los próximos gobernantes deberán encarar con sumo cuidado. La división campo-ciudad, oriente-occidente y todo lo que ello implica, sigue siendo muy grande y se intensificará por la acción del MAS que actuará como león herido, sembrando odio y resentimiento, sus principales armas de lucha política.

La fotografía del momento actual es casi calcada de lo que ocurría por estos días, el año pasado y que seguramente encendió todas las alarmas en el régimen del cocalero, que ya tenía preparado el fraude electoral, pero que tuvo que improvisar medidas extraordinarias ante el peligro (que finalmente se convirtió en una realidad) de perder el poder.

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