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Editorial
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Miércoles,  4 de Septiembre, 2019
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La feria de exposición Expocruz es considerada el mayor símbolo del progreso, la pujanza y ese “modelo” que los actuales líderes de occidente dicen admirar. Goni repetía que Santa Cruz es la California de Estados Unidos; el orureño Evo Morales acaba de descubrir que este departamento es el ejemplo a seguir (“no a destruir”, debería decir) y el paceño Carlos Mesa se confiesa admirado de lo que son capaces de hacer un montón de provincianos.

Pero en los últimos tiempos las amenazas hacia Expocruz han sido constantes. Es como si existiera una suerte de conspiración para que un día de esos se consiga el objetivo de cerrar las puertas de la feria, donde se exhiben vacas “que comen mejor y que tienen más tierra que un campesino”, según dijo una vez el presidente Morales, con una clara intención de generar resentimiento.

Lo más cerca que estuvieron los sectores afines al régimen gobernante de conseguir la suspensión de la feria fue en septiembre de 2008, cuando se armó un cerco comandado por altos exponentes del “proceso de cambio” que generaron violencia y zozobra en la región. Desde aquella vez, todos los años surgen amenazas de distintos sectores de la misma cuña política y en esta ocasión el turno es de los transportistas, grandes aliados del permisivismo cocalero que expande la informalidad y la ilegalidad en todas direcciones.

En un mes de septiembre el régimen nos prohibió izar la bandera cruceña y cantar el himno durante los actos oficiales de la efemérides; en cada festejo departamental, los jerarcas del oficialismo organizan quemazones en plena plaza principal con la intención de humillar y provocar a la mayoría que se inclina por otras creencias. Este año tal vez no lo hagan, así como alguna vez escondieron la whipala en Santa Cruz por una estrategia de marketing. A un mes de las elecciones activarán todas las armas de adulación, convencidos que los cruceños pueden hacer la diferencia en los números electorales.

Para entonces todavía seguirán humeando las cenizas y las brasas de los árboles quemados en la Chiquitania, donde se ha consumado el verdadero propósito del régimen con esta región, con la complicidad de algunos que llaman “progreso” a este desastre y que en su momento fueron encubridores de aquel cerco, del boicot a la autonomía e incluso de aquella patraña que armó el Gobierno con el caso terrorismo.

Pese al fuego de las armas y al que se llevó el bosque chiquitano, hay una élite cruceña que trata de convencer de que esto le conviene a Santa Cruz y que no se trata de una capitulación y tampoco de un cambio de modelo, basado en la libertad y en la propiedad, los mayores patrimonios que necesitamos proteger. Lo más grave no es que ambos valores estén en peligro, sino que esta región ya tiene un dueño, cuya intención es implantar aquí el mismo modelo que funciona en el Chapare. Cuando ese proyecto se consolide, ya no habrá necesidad de hacer una feria. Resultaría muy descarado.

En un mes de septiembre el régimen nos prohibió izar la bandera cruceña y cantar el himno durante los actos oficiales de la efemérides; en cada festejo departamental, los jerarcas del oficialismo organizan quemazones en plena plaza principal con la intención de humillar y provocar a la mayoría que se inclina por otras creencias.

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