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 21 de Septiembre de 2019
Editorial
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Sin debate no hay democracia
Domingo,  9 de Junio, 2019
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Corren las apuestas sobre la bravuconada del vicepresidente García Linera, quien dice estar dispuesto a debatir contra los seis candidatos opositores a las elecciones del 20 de octubre. Algunos retrucan y proponen que se debata en aymara y otros se burlan de la soberbia del mandatario, haciendo alusión a los títulos universitarios y la cantidad de neuronas que tanto ha ostentado en todos estos años. También le exigen que no se ponga por delante del presidente, puesto que el principal postulante es Evo Morales, a no ser quiera dejar claro que en el Gobierno los que piensan son solo algunos privilegiados.

Todas estas intervenciones hacen pensar que el asunto se quedará en la chacota y de esa manera se pasará por alto uno de los elementos esenciales de la democracia, desaparecido del espectro político nacional desde hace más de 20 años. En todo este tiempo, ningún candidato se ha puesto delante de otro para discutir sus ideas, contrastar sus programas y exponer las soluciones previstas para los problemas del país.

Nadie ha querido debatir y en su lugar, durante los últimos años se ha apelado a la exacerbación de la propaganda, a los monólogos de la televisión y a las entrevistas de conveniencia, tal como lo reveló un reconocido periodista, quien dijo que los grandes jerarcas del régimen tienen terror a las preguntas y castigan a quienes cometen el atrevimiento de salirse del libreto. El hostigamiento a la prensa, las limitaciones a la libertad de expresión y la persecución política contra los opositores, son también mecanismos para rehuir la confrontación de ideas y reflejan la ausencia de razón, la debilidad de los proyectos y la carencia de políticas públicas.

Sin debate se imponen los dogmas, reinan las consignas y se despeja la posibilidad de encontrar propuestas más innovadoras y más efectivas. Sin ese indispensable mecanismo de comunicación la gente no se entera de lo que hacen sus dirigentes, no tiene la posibilidad de verlos en escenarios de discusión y de defensa de sus planteamientos y tampoco existe la chance de una verdadera interpelación, una rendición de cuentas, elementos centrales del contrato social entre gobernantes y gobernado, condición indispensable de la representatividad, que se vuelve hueca y vacía cuando el ciudadano vive a oscuras, sin información sobre los asuntos públicos.

Cómo se puede confiar en el desafío del vicepresidente, si él fue quien les prohibió pensar a los miembros del partido de Gobierno, si el Congreso que él dirige se ha vuelto un espacio de obsecuencia y docilidad, donde sus miembros se han vuelto una montonera que grita, levanta la mano o desaparece cuando recibe las señales correctas del amaestrador.

Recuperar el debate significa rescatar el pluralismo, la libertad de pensamiento y eliminar el temor y la censura. Eso es imposible en el marco de una dictadura que pretende imponer una voz única, mesiánica y abusiva que no deja lugar a la diversidad de expresiones. Recuperar el debate es sinónimo de salvar a la democracia y en ese camino debe orientarse la contienda electoral que se avecina.

Recuperar el debate significa rescatar el pluralismo, la libertad de pensamiento y eliminar el temor y la censura. Eso es imposible en el marco de una dictadura que pretende imponer una voz única, mesiánica y abusiva

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