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Editorial
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Servidor público
Domingo,  26 de Julio, 2020
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A los funcionarios estatales también se les dice “servidores públicos”, pero lamentablemente muy pocos encajan en esa definición y es por eso que duele la partida de uno de ellos, el médico Óscar Urenda Aguilera, quien ha muerto casi al mismo tiempo que su alter ego, el salubrista y epidemiólogo Roberto Tórrez,  a quienes millones de bolivianos les deben la vida por el enorme compromiso y dedicación con la salud, un campo que ha sido objeto de descuido en la historia del país, especialmente en los 14 años del régimen de Evo Morales.

Es precisamente el tiempo que duró la pelea Urenda contra el centralismo que se ensañó especialmente contra la salud en las regiones. El régimen central les cercenó los recursos que les correspondían a las gobernaciones, les delegó tareas y responsabilidades que por ley deben ser asumidas por el gobierno nacional, les negó sistemáticamente el incremento de personal médico y los obligó a encarar proyectos de infraestructura hospitalaria, mientras el dinero se malgastaba en obras sin ningún impacto social a lo largo y ancho del país.

En esas circunstancias Urenda formó un equipo basado en la idoneidad y la meritocracia, convenció a la gobernación de Santa Cruz de invertir hasta un 30 por ciento del presupuesto regional en salud y de esa forma construyó un sistema estable en el tiempo, eficiente, porque ha enfrentado con éxito varias epidemias y emergencias sanitarias y con la capacidad de influir positivamente en las políticas públicas, tal como se pudo comprobar en el manejo de la cuarentena, en la que el modelo cruceño ha tenido especial preponderancia.

La firmeza de Óscar Urenda y su dominio de la situación sonaron fuerte en medio de la improvisación que reinaba al inicio de la pandemia en Bolivia. Mientras el caos reinaba en el resto del país, con autoridades que preferían hacer politiquería y ganar protagonismo con el dolor de la gente, el médico cruceño y su equipo consiguieron marcar el rumbo de la cuarentena, tomando decisiones rápidas y audaces, exigiendo compromiso y respuestas más claras al Ministerio de Salud y sobre todo, denunciando un proceder incoherente del nivel central con el estado de emergencia.

Cuando muchos no sabían qué hacer y había una tendencia a manejar la cuarentena como una jugarreta, Urenda le decía la verdad a la población e impedía que los charlatanes hagan de las suyas. Como médico sabía que con la salud no se juega y tampoco se le puede mentir al paciente o tratar de engañarlo con medidas verdades y ambigüedades.

En poco tiempo, Urenda se ganó el aprecio de la opnión pública y la admiración de todo el país. El homenaje que hoy le hacen no sólo es porque haya ofrendado su vida por los demás, sino porque nos ha brindado el modelo y la esperanza de que un día Bolivia pueda tener más servidores públicos como él y el doctor Tórrez. Que Dios los premie.

Cuando muchos no sabían qué hacer y había una tendencia a manejar la cuarentena como una jugarreta, Urenda le decía la verdad a la población e impedía que los charlatanes hagan de las suyas. Como médico sabía que con la salud no se juega y tampoco se le puede mentir al paciente o tratar de engañarlo con medidas verdades y ambigüedades.

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