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Reseña a 'Rincón de lluvia' de Valeria Sandi
Jueves,  10  de Enero, 2019
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Sin duda alguna la incertidumbre tiene dentro de la reflexión humana un puesto fundamental. Es una de las experiencias más complejas a la hora de querer hallar en ella la fundamentación de la vida, y por lo mismo, se ha vuelto el punto más abordado dentro de la cultura humana; para explicarla creamos conceptos, teorías físicas y metafísicas, nos servimos de la poesía, el teatro, de lo cuántico, lo innato o lo creado; sin duda componemos una simbología de la pertenencia para anclarnos, se intenta ordenar el caos y se actúa con tal decisión en ello, que pareciera que el mundo realmente es una gran escenografía dispuesta a empaparse de complicidades ritualizadas que le entreguen un sentido.

Un espacio que lleva a otro mundo. Diría el pensamiento contemporáneo que esta respuesta tan humana se crea porque tenemos una conciencia que logra percibirse tanto a sí misma como al otro, conciencia que es capaz de interpretar los códigos, conceptualizar sus vivencias y hacer pronósticos, pero la lógica de la incertidumbre nos dice que el desapego, la distancia, la incoherencia, el desencaje, son posibilidades que están ahí como parte del eterno drama humano, ingobernable, indisoluble, inarrancable.

"Hoy, se abre gatillando sombras el telón de la noche en nuestro cuerpo, se acerca la sentencia de fondo un árbol. Los recuerdos se derraman en tajos, la mirada se nos puebla de fosas" («Rincón de lluvia» p.4).

Así comienza el poema y libro “Rincón de lluvia” de Valeria Sandi, un espacio que puede asociarse a la puesta en escena de una obra teatral, donde los personajes o sujetos líricos se desdoblan en la medida que construyen el ambiente, lo protagonizan y lo advierten como espectadores. Este rincón es una parte del escenario, es la condición observable de una intimidad alojada en un cuerpo desnudo que se muestra, es posiblemente la respuesta poética que desde una postura teatral nos acerca e invita a presenciar el proceso de escritura de su propia historia. En ese rincón llueve, no por sanación, sino por dictamen, porque el fenómeno de la lluvia es tan natural como la incertidumbre misma.

A través de doce poemas es que Valeria Sandi nos introduce a una esfera emocional, carnal y subjetiva, distinguimos su materia y su forma, vemos su cotidiano cayendo en contradicción.

Hallamos en ese lugar un enjambre simbólico de ritos, que permiten hacer circular el fenómeno de la lluvia, la oscuridad y la noche elevando el fenómeno a la cima de lo poético y haciéndolo caer en un cuerpo que es puente para trasladar el espíritu a un tiempo distante de este presente, pero adosado a él. Vemos en primer plano la figura sutil tejida de recuerdos empapada de asociaciones y audacias que no agotan al sujeto lírico, más bien le genera un estado nuevo, un estar metafísico del ser.

Una diversidad de voces. La hablante, como corporalidad es quien adolece de la circunstancia, sus gestos son el mapa que pone al lenguaje como una desnuda geografía de la conciencia, la sensibilidad y el deseo, a la vez que atiende a la reflexión. Se mira en los ojos de quien recuerda, se respira en las representaciones de un proyecto inasible, se vive para sí misma a la vez que muere llevando consigo la flexibilidad del alma.

Las imágenes que vemos en los poemas, son fieles a la movilidad de las actrices, he aquí también cómo el cuerpo orgánico se hace identidad en la medida que expresa sus emociones y las dibuja o escribe.

Es posible presenciar en “Rincón de lluvia” una triangulación que sirve de esqueleto, por una parte, un sujeto lírico como un presente carnal que sufre la pérdida; por otro lado, el personaje que no está, que es proyección imaginaria forzada en el recuerdo y, por último, un diálogo creado en el que ambos habitan y desde donde se consagra el “nosotros”. En esta intersubjetividad el concepto se concreta en la medida en que el otro es apelado lingüísticamente. La otredad en tanto es un dilema, una imagen vestida de proyecto infecundo, un espejismo que solo es posible que viva en lo efímero de una memoria, que de querer callarlo solo bastaría no ser pronunciado, pero he aquí también la magia del lenguaje y de la poesía, que es capaz de articular un hilo conductor de sentido, un hilo que cose el rostro a la máscara, y en esa posibilidad resulta la pertenencia conceptual, como rincón habitable.

Poemas como “Mirada” (p.9), “Raíz de ceniza” (p.10), “En el sur de la nostalgia” (p.20), llevan consigo un correlato, que impregna esta historia tanto de mito como de realidad, pero siempre vista como una unión infinita, perpetua e inagotable de horizontes, donde la poeta mediante un proceso honesto, desgarrador e intenso, espera la sentencia

En “Rincón de lluvia”, las palabras tienen fuerza y pureza; redimen el referente (el otro) transformándolo en esencialidad; se constituyen en inauguradoras del sentido, en un punto de encuentro que nos envía a un infinito campo de relaciones del ser con el mundo, del sujeto como parte de un mundo en que se abren torceduras de la experiencia. Así entre diálogos con los fenómenos, con los territorios, con el deseo truncado, con la otredad, la poeta nos abre un escenario deslumbrante, fresco, que no se agota. Hay en él un carácter metafísico que hace posible el acontecimiento poético. En este universo, la palabra pasa a ser ella misma el centro de su expresión, es decir, palabra que es a la vez es forma y contenido, cuerpo y alma, entidad creadora, palabra liberadora de mundos, palabra que nos instala, que nos lleva a habitar en una dimensión no cotidiana, no cósica sino espiritual de la existencia.

 

Isabel Guerrero Escritora Isabelguerrero@protonmail.com
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