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Editorial
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Pronósticos y realidades
Martes,  23 de Junio, 2020
Pronosticos--y-realidades

Ni el más experto, ni el más intrépido (por no llamarlo irresponsable) se atreve hoy a hacer pronósticos de ningún tipo. Todos los que lo intentaron se han equivocado y casi siempre para mal.

Ni siquiera los circunspectos suecos le atinaron con su particular forma de enfrentar la pandemia (sin cerrar las escuelas ni clausurar los bares) y hoy están pagando cara su arrogancia. No vamos a mencionar el caso de Brasil, Estados Unidos o Inglaterra, porque eso es caer en extremos irracionales, como pasó con los que pretendían en Bolivia convencer a la gente de que el coronavirus es un invento con fines políticos.

Tanto en relación a los aspectos sanitarios y sus consecuencias económicas, todavía estamos pisando arenas movedizas. Se están presentando rebrotes de la peste en lugares que aparentemente la tenían controlada; cada vez son más los países que se echan para atrás en sus programas de flexibilización y, especialmente en América Latina, los números siguen creciendo, por lo que no se puede avizorar un escenario medianamente positivo.

El panorama más alentador en nuestros países muestra niveles muy altos de contagio para los meses de agosto y septiembre, aunque hay algunos, como el presidente de Colombia, Iván Duque, que está pidiéndole a la población prepararse pasar una Navidad en cuarentena. Bolivia no es una isla y menos con la propagación que estamos viendo en la actualidad, fenómeno que es acicateado por sectores que no hacen más que agravar la crisis sanitaria.

En el plano económico tampoco hay voluntarios para hacer pronósticos precisos y las variables más esperanzadoras hablan de una crisis que permanecerá al menos dos años con una recuperación que tampoco tiene fecha definida.

Los únicos osados que han producido la pandemia están en Bolivia. No sólo están los que ya mencionamos, aquellos que tratan de ignorar el impacto de la peste y que quieren arrasarla con consignas políticas, sino quienes consideran que en el control del poder está la clave de solución, especialmente una que tiene que ver con el retorno del cocalero, que a toda costa remacha la idea de que es imprescindible para nuestro país.

Entre los pronosticadores se encuentran los que consideran que fijar una fecha para las elecciones generales servirá para descomprimir el álgido ambiente político nacional. Dicen que la certidumbre ayudará a ordenar las cosas, que llevará tranquilidad a los hogares y que le dará legitimidad al proceso de transición que estamos atravesando. Todo eso, sin mencionar que los comicios también traerán solución a la pandemia, a la economía, el trabajo y cualquier otro percance que nos haya traído el coronavirus.

La presión en torno a esta idea ha sido tan grande, que la fecha del 6 de septiembre ya es ley. Los optimistas se imaginan a un pueblo consciente y disciplinado que acude a votar con su barbijo y su botellita de alcohol. La realidad es que, tal como van las cosas, no habrá ni votación ni salida, pues lo que están gestando los masistas y sus clásicos aliados políticos, es un golpe con una  vieja receta conocida.