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Editorial
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Monumentos y temores del poder
Domingo,  2 de Junio, 2019
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En 2001, el régimen islámico talibán de Afganistán dejó al mundo boquiabierto cuando decidió destruir unas gigantescas estatuas de Buda talladas en una montaña del valle de Bãmiyãn, donde hace 1.500 años existió un centro ceremonial religioso, en lo que fue la antigua ruta de la seda que conectaba a China con Europa y África, forma de penetración asiática en occidente que hoy vuelve a poner al mundo de cabeza. 

Los talibanes dijeron aquella vez que el Corán prohíbe los ídolos, así que no tuvieron compasión en meterle bombas y cañonazos a los monumentos de más de 50 metros de alto que la Unesco consideraba patrimonio de la humanidad. Esa fue una excusa, pues el islamismo domina esos territorios desde el Siglo XII y siempre había respetado aquellos hitos históricos.

Desde la caída del Muro de Berlín, en 1989, el derrumbe de monumentos se ha vuelto una manera de expresar el fin de una época, de un régimen y el apogeo de una nueva ideología. En las repúblicas que estuvieron bajo el dominio soviético la gente se volcó con furia a las plazas a derribar las estatuas de Lenín, Stalin y otros jerarcas que construyeron un sistema de opresión equiparable al nazismo, aunque éste es el que acapara los grandes titulares, las películas y los documentales que suelen hablar de la historia de las tiranías en el mundo.

Todos recuerdan lo que ocurrió en la plaza Firdos, de Bagdad, donde en 2002 le pusieron una soga al cuello al monumento de casi 30 metros de Sadam Hussein y lo derribaron. Cuatro años más tarde, el dictador que gobernó su país con mano dura por 24 años, fue ejecutado, aunque de una forma menos cruel que el libio Muamar el Gadafi, apaleado hasta la muerte por una turba de ciudadanos que le hicieron pagar caro sus 42 años de dictadura.

En Bolivia ha habido muchos dictadores, pero a ninguno se le ocurrió construir grandes monumentos. Esa es una costumbre nueva y lamentablemente los gestos de egolatría y culto a la personalidad de los líderes van en aumento y no hay duda que a algunos se les está yendo la mano.

Tampoco hay muchos antecedentes como el de Sadam Hussein o el de Gadafi, aunque todavía causa estupor lo que ocurrió con Gualberto Villarroel, el 21 de julio de 1946, cuando fue derrocado por una montonera que lo sacó del Palacio de Gobierno y lo arrastró por la plaza Murillo mientras era golpeado cruelmente. Posteriormente fue colgado junto con tres de sus colaboradores.

Pese a la aguda polarización que existe y a los pronósticos apocalípticos que se hacen insistentemente, la realidad boliviana no ha llegado a los extremos mencionados arriba. Por eso es que no se entiende el temor de un ministro que habla de escenarios violentos en caso de que el oficialismo no consiga retener el poder más allá del 2020. Solo él que ha sido protagonista y autor de eventos dolorosos es capaz de advertir las consecuencias, pero en todo caso, no hay duda que el país está dispuesto a seguir viviendo en paz y democracia, en la medida que el régimen así lo permita.

Pese a la aguda polarización que existe y a los pronósticos apocalípticos que se hacen insistentemente, la realidad boliviana no ha llegado a los extremos mencionados arriba. Por eso es que no se entiende el temor de un ministro que habla de escenarios violentos en caso de que el oficialismo no consiga retener el poder más allá del 2020.

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