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Editorial
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Manos a la obra
Lunes,  9  de Noviembre, 2020
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Desde que ganó las elecciones del 18 de octubre, el presidente Luis Arce Catacora no ha hecho más que mencionar a la UDP y lo hizo en dos ocasiones durante su discurso de posesión este domingo. Nos referimos al peor periodo de la historia económica boliviana, caracterizado por la hiperinflación, el desempleo, el vaciamiento de las reservas, la escasez de alimentos y muchos otros problemas que causaron un trauma del que todavía no hemos logrado recuperarnos, como muy bien lo sabe el nuevo mandatario, quien batalló durante años contra la dolarización, mantuvo a rajatablas una convertibilidad artificial de la moneda y fracasó en su intento por sincerar las cosas, a través del fallido gasolinazo de finales de 2010.

No cabe duda que Arce exagera sobre la situación que atraviesa el país y lo hace para excederse también en la atribución de las culpas hacia el gobierno de transición de Jeanine Añez, a quien acusa de haber destruido el milagro que él fabricó durante sus trece años como ministro de Economía.

La verdad es que la situación es grave e insostenible, de continuar con la fórmula que llevó adelante el MAS durante su prolongado mandato. Y pese a que Luis Arce asegura que mantendrá el modelo “sociocomunitario productivo” (que nadie entiende), él sabe muy bien que sólo hay una sola forma de salir de una crisis como la que está describiendo y es a través de una austeridad espartana, una amplia apertura a las inversiones extranjeras, lo que significa eliminar todas las trabas que impuso el régimen de Morales, cambiar las normas laborales para facilitar la generación de empleo, erradicar las restricciones a la producción, al comercio y las exportaciones y desmantelar todo el andamiaje político y normativo que violenta la seguridad jurídica. Una nota aparte merecen las empresas estatales, que se llevan la mitad del presupuesto nacional. Hay que hacer algo urgente antes de que el país se vaya a la quiebra.

Esa es precisamente la receta que produjo el “milagro” de la estabilidad económica en 1985 y que sacó al país del pozo en que no había dejado la UDP. Lo tiene que hacer cuanto antes, sin rodeos  y en un ambiente de paz social, por lo que es imprescindible que se cumplan las promesas que hizo el domingo el vicepresidente David Choquehuanca, quien ha dicho que en este periodo no habrá tiempo para persecución, para combatir la libertad de expresión, para judicializar la política, para el abuso de poder y para la impunidad.

Luis Arce tiene la gran oportunidad de aprovechar el fuerte apoyo popular que ha recibido en las urnas y la expectativa que ha despertado en la comunidad internacional que lo está animando a reconducir el rumbo que había marcado Evo Morales. El nuevo presidente debe dejar los discursos, los sustos y los diagnósticos y ponerse manos a la obra.

 

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