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Editorial
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Los tentáculos del narcotráfico
Martes,  11 de Junio, 2019
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El Gobierno siempre alega inocencia cada vez que se produce un escándalo que compromete su integridad, incluso aquella vez que atraparon a un pez gordo del narcotráfico que ocupaba un alto cargo en el Ministerio de Gobierno, la entidad mejor informada del país. Nos referimos al caso del general Sanabria, pero lo mismo pasó con el oficial extorsionador, el mayor Fabricio Ormachea, otro mimado del régimen, pese a sus negros antecedentes que eran de dominio público. Nadie sabe, nadie sospecha, nadie vio nada. ¿Cómo lo hacen? 

Cómo hicieron las principales autoridades nacionales relacionadas con la seguridad, aquellas que husmean en cada detalle de la vida de los ciudadanos, para no enterarse de lo que hacía Pedro Montenegro, del pedido de extradición, de las condecoraciones que recibía en la Policía, de los contactos con oficiales y los favores que le hicieron en el Tribunal Supremo de Justicia, donde cambiaron un dictamen para evitar su captura.

Cómo se hace para no saber que altas esferas políticas e institucionales están repletas de narcos, individuos que se sacan fotos con el presidente y los ministros, que asisten a todos los actos y que aportan dinero para hacer proselitismo. La contaminación es tan grande que ha llevado a algunos dirigentes del oficialismo a proponer una suerte de purga dentro del partido para evitar que narcos, contrabandistas, chuteros y otras lacras vuelvan a colarse dentro de las listas de candidatos. Habrá que buscar la manera de enterarse y de mantener bien vigilados a esas nuevas figuras, pues en el contexto actual de extrema maleabilidad, es probable que dentro de muy poco tiempo se tenga que apelar a otra limpieza.

Estamos hablando de un negocio en pleno apogeo, tal como lo revela un reciente informe de la Fuerza Especial de Lucha contra el Narcotráfico (FELCN), que calcula que en el Beni despegan cada día alrededor de 30 avionetas cargadas hasta con 500 kilos de cocaína cada una. Son más de cinco mil toneladas anuales, un volumen demasiado alto como para pasar inadvertido frente a las autoridades policiales, los encargados del control aéreo y otras instancias que cobran sueldo para tener los ojos bien abiertos.

Se trata de una actividad que mueve más de dos tercios del transporte aéreo en el Beni, que ocupa la mayor parte de los hangares y pistas de aterrizaje y que cruza las fronteras sin mayor dificultad. Aquello no podría ser posible sin un fuerte apoyo político e institucional, que obviamente se está beneficiando de las fuertes ganancias que genera esta lluvia de cocaína que sale de Bolivia, tal como definieron hace algún tiempo las autoridades brasileñas.

Frente a este escenario que salta a la vista de todos menos a la del Gobierno, algunos se preguntan cómo es que comienzan a asomar a la luz pública los tentáculos del monstruo. Peleas internas dentro del oficialismo, sobresaturación del mercado, presiones que surgen desde el exterior o simplemente las reacciones lógicas luego de que Argentina, Brasil y Chile decidieron implantar mano dura en sus fronteras y militarizar el control antidrogas en algunos casos. 

Estamos hablando de un negocio en pleno apogeo, tal como lo revela un reciente informe de la Fuerza Especial de Lucha contra el Narcotráfico (FELCN), que calcula que en el Beni despegan cada día alrededor de 30 avionetas cargadas hasta con 500 kilos de cocaína cada una