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Editorial
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La permanente crisis boliviana
Sábado,  20 de Junio, 2020
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¿Alguien recuerda cuándo Bolivia estuvo libre de ultimátums? ¿Cuándo fue que estuvimos sin amenazas? ¿Cuándo pudimos alejarnos del precipicio, sin estar a punto de dar el paso hacia el abismo? ¿Cuándo pudimos soñar con dejar el viejo estigma de país inviable, de estado fallido?

Tampoco existen remembranzas de sindicatos que no hayan usado la extorsión para doblarles el brazo a todos los gobiernos, sin importar la legalidad, la legitimidad o lo razonable de sus demandas. Todas estas organizaciones han actuado como mafias, han usado la violencia, el negociado y se han entronizado como vividores profesionales mantenidos por el dinero del pueblo. Si fuera como algunos dicen, que en Bolivia el sindicalismo ha tenido momentos de gloria y que ha habido ejemplos de grandes héroes surgidos de las organizaciones y los movimientos sociales, la suerte de esta nación hubiera sido otra.

¿Alguna vez vieron que las fuerzas políticas hayan actuado en función de los intereses del país en lugar de sacarle provecho a las crisis? En Bolivia muy pocos cándidos son coherentes con el sentido patriótico. Ni siquiera ha sido posible confiar en las Fuerzas Armadas, siempre dispuestas a acomodarse con el poder de turno, sin importar el perjuicio que haya ocasionado este contubernio.

Hemos tenidos gobiernos débiles, fuertes, legítimos, ilegales, democráticos, liberales, de izquierda y de derecha, militares y civiles, con fuerte apoyo popular o arrimados a “juntuchas”, pero el resultado ha sido siempre el mismo, la inestabilidad, la ingobernabilidad y una permanente vida en ascuas.

El gobierno del cocalero ha sido el más poderoso de la historia en términos de la hegemonía acumulada, respaldo electoral y la enorme cantidad de recursos que tuvo en sus manos, pero también fue el más parasitado por organizaciones que proliferaron como hongos y que reclamaron su derecho a medrar a cambio de lealtad, que se tradujo en la consolidación de verdaderos feudos criminales, especialmente el de los productores de coca y principales beneficiarios del “proceso de cambio”. Evo Morales no tenía cómo patalear, pues él ha sido el maestro de todos, el más encumbrado chantajista que haya conocido nuestro país.

No hay duda que la reacción ciudadana de octubre de 2019, esa revolución de los mansos, esa gesta de los cándidos, fue la primera de su tipo en la historia de Bolivia. Ha sido la vez que millones de bolivianos salieron a las calles a rebelarse contra una realidad que nos mantiene condenados al fracaso, que no nos dejará surgir como país y como pueblo, mientras sigamos a expensas de una estructura criminal de la que estamos obligados a salir, de lo contrario jamás tendremos democracia y menos el desarrollo que tanto añoramos.

Hemos tenidos gobiernos débiles, fuertes, legítimos, ilegales, democráticos, liberales, de izquierda y de derecha, militares y civiles, con fuerte apoyo popular o arrimados a “juntuchas”, pero el resultado ha sido siempre el mismo, la inestabilidad, la ingobernabilidad y una permanente vida en ascuas.