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Editorial
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La impaciencia es mala consejera
Sábado,  12 de Septiembre, 2020
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Cuando el país recuperó la democracia en 1982, los bolivianos cometimos el grave error de pensar que la transformación sería mecánica, que los cambios y el progreso vendrían inmediatamente después de restablecido el estado de derecho. Fuimos impacientes e intolerantes con el proceso natural que debía transcurrir y al poco tiempo, nada más que 24 años, Bolivia había vuelto a caer en manos de un régimen que nos estaba conduciendo a un modelo perverso de tiranía.

En este momento estamos divididos entre optimistas e impacientes. Los primeros creen que Evo Morales ya es historia, que su ciclo ya terminó y que no le queda más que disfrutar de un retiro, tal como él mismo lo anunció, “al lado de una quinceañera”. Creerán que el próximo gobierno deberá lidiar con dirigentes torpes y bisoños como Huarachi, Andrónico o Eva Copa y que si bien van a molestar, ya sabemos cómo desactivarlos, como pasó en los bloqueos de principios de agosto.

Los impacientes quieren resultados inmediatos. Venimos de los 14 años de mayor saqueo, corrupción y manipulación de la justicia y se pretende que todos esos problemas se eliminen de un plumazo y, en consecuencia, se multiplican las condenas por ineficiencia y algunos se apresuran a concluir que estamos peor que antes. Tenemos uno de los sistemas judiciales más espurios del mundo y el cocalero no hizo más que empeorar las cosas. No esperemos que en uno, dos o tres años pasemos al otro extremo, como por arte de magia.

Bolivia siempre ha sido un país dividido, con un sistema político fragmentado. Queríamos un gobierno fuerte y unitario y no hemos hecho más que comprobar que un poder concentrado es el peor de los caminos.

Renegábamos de la “democracia pactada” y de las coaliciones gobernantes, lo veíamos como una deformación de la política, olvidándonos que ese modelo es el más eficaz en la mayoría de los países europeos, donde el poder limitado, la obligación de hacer acuerdos y la aplicación de contrapesos, es precisamente la regla más valiosa de una república.

¿Queremos que los políticos dejen de pelear y de insultarse? No olvidemos que la política siempre será una guerra, pero en la que las ideas y las palabras sustituyen a las armas. Es mejor que sea así, a que exista una dictadura en la que se prohíba hablar, pensar y demandarle al poder las respuestas que el pueblo está necesitando. 

Lo que se puede lograr es un mínimo de consenso y es que la recuperación de la democracia necesita de un proceso largo y sostenido de lucha por unos valores, entre ellos la justicia, la libertad y el trabajo. 

Justicia porque no podemos seguir en el reino de la impunidad que premia a los malhechores; libertad, porque es necesario acabar con el estado que estorba, que pone trabajas y que impide que la gente pueda desarrollar todo su potencial y trabajo, porque la población necesita comprender que no puede vivir de bonos y de canastas, sino de su propio esfuerzo, con la ayuda de un sector público que se convierta en aliado del ingenio y la capacidad de los individuos.

Venimos de los 14 años de mayor saqueo, corrupción y manipulación de la justicia y se pretende que todos esos problemas se eliminen de un plumazo y, en consecuencia, se multiplican las condenas por ineficiencia y algunos se apresuran a concluir que estamos peor que antes.

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