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Editorial
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La hora del ciudadano
Lunes,  16 de Marzo, 2020
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Quedarse en casa es el arma más eficaz contra el Coronavirus, es la más barata y la más accesible, pues no requiere de la intervención de nadie más que la voluntad de una persona, dueña y principal responsable de su salud.

El mundo ha demorado más de dos meses en descubrirlo. Fue el pecado mortal de los italianos, que suspendieron las clases, anularon las concentraciones públicas, pero se olvidaron de recordarle a la gente que el “tiempo libre” extra no debía ser usado para pasear, ir a los centros comerciales o a los sitios turísticos.

La recomendación de la que hablamos no la han dado los políticos ni los funcionarios, sino los médicos y el personal de enfermería de los hospitales, los individuos más expuestos al peligro, los que están librando una batalla heroica y muy desigual, pues no hay país en el planeta que tenga suficientes camas, hospitales y centros de salud para atender tantos enfermos como los que se han presentado en aquellas naciones más afectadas. No queremos pensar lo que ocurriría en Bolivia si el contagio adquiere las mismas proporciones.

El Coronavirus nos ofrece una gran oportunidad a los ciudadanos, pero también representa una amenaza más allá del contagio o de las consecuencias netamente sanitarias. La pandemia ha demostrado con claridad que los estados han sido rebasados, que los gobiernos han sido incapaces de afrontar la emergencia, aunque no dudan constantemente en hacer valer su primacía con gestos de autoritarismo.

La emergencia le brinda al ciudadano la gran chance de descubrir su verdadero potencial, su poder para cambiar el destino colectivo e influir para que la política tome otro camino, mucho más apegado al bien común, a las necesidades de la gente y las demandas sociales.

Los bolivianos tenemos todavía muy fresca la experiencia que vivimos al quitarle el poder a un régimen con pretensiones totalitarias, que había penetrado cada espacio de la vida de la población y que propalaba una eficiencia social y económica que nunca existió, pues su tan mentada revolución fue una estafa.

El ciudadano se rebeló, no aceptó más la impostura y está decidido a construir un nuevo modelo político que le brinde mayor protagonismo al votante, más peso a sus decisiones, más soberano a la hora de influir en los asuntos públicos.

Ningún sistema político está preparado para semejante apertura y menos en Bolivia, donde la concentración del poder es exagerada y el ciudadano tiende a ser anulado constantemente. Que nadie dude que una situación como la epidemia del Coronavirus será aprovechada por las élites dirigentes para reforzar el talante autoritario del Estado, que precisamente es el que le hace el juego a las fórmulas populistas y socialistas que suelen robarle todo al ser humano, sobre todo su capacidad de decidir. Por eso, mismo, en aras de la libertad, quédese en casa. 

  La emergencia le brinda al ciudadano la gran chance de descubrir su verdadero potencial, su poder para cambiar el destino colectivo e influir para que la política tome otro camino, mucho más apegado al bien común, a las necesidades de la gente y las demandas sociales.