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Editorial
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La democracia post pandemia
Lunes,  18 de Mayo, 2020
La-democracia-post-pandemia

Los policías bolivianos se ganaron el aprecio de la gente, cuando en noviembre del año pasado se amotinaron contra el cocalero y se negaron a cumplir sus órdenes de reprimir a las masas que exigían democracia. Hoy, con la excelente excusa de la epidemia, paralizan cualquier vehículo que esté circulando en las calles, exigen documentos, piden a la gente identificarse y la ley les faculta a hacer arrestos por infringir normas que en situaciones habituales no tendrían por qué existir, como organizar reuniones dentro de las viviendas, acudir a lugares públicos y otras conductas consideradas riesgosas.

Todo eso es considerado racional y lógico en una situación de emergencia, pero ¿qué garantiza que esa actitud no se convierta en una regla luego de que pase la cuarentena? ¿Cómo lograr que el modelo de “estado gendarme” que está imponiéndose en la crisis consiga replegarse cuando las cosas vuelvan a la regularidad?

Hemos podido percibir cómo un sistema político cuya misión es precisamente recuperar la democracia en Bolivia se tentó a restringir una garantía tan fundamental como la libertad de expresión, uno de los derechos más afectados en todo el mundo en estos meses que llevamos de confinamiento.

Por estas y muchas evidencias, podemos concluir que las principales consecuencias de la crisis, que algunos ya consideran un pandemónium, no serán económicas ni sanitarias, sino políticas. Las democracias están aplicando métodos autoritarios, las dictaduras se están volviendo más férreas, los liberales aplican recetas socialistas y comienzan a revivir viejos muertos como el estado de bienestar, las economías planificadas, el estatismo y numerosas fórmulas que obviamente van a acarrear más problemas, pues todas ellas suponen afectar la libertad y la democracia, dos elementos claves del progreso de los pueblos y de la generación de riqueza.

Los argumentos son muy simples. Los estados autoritarios, son más grandes, pero son ineficientes, más corruptos, menos técnicos y más discrecionales; se gastan casi todo en seguridad y defensa (del propio gobierno) y descuidan la salud, la educación y los derechos humanos, no sólo porque no les alcanza, sino porque les conviene, pues mantener débil al pueblo es bueno para los que detentan el poder.

Hay quienes creen que puede haber excepciones y ponen a China como ejemplo. Allí se han conseguido avances admirables gracias a una combinación de capitalismo salvaje y comunismo de viejo cuño, que usa las tecnologías más modernas para mantener bajo vigilancia a la población y lejos de las tentaciones democráticas. Se equivocan quienes atribuyen el éxito chino al socialismo, pues todo ha sido obra de la inventiva y esfuerzo de un pueblo con una cultura milenaria que se adaptó formidablemente a la globalización y a los retos del mercado. Todos los demás experimentos colectivistas y dictatoriales han fracasado estrepitosamente y eso ocurrirá si, a nombre de la pandemia, nos dejamos arrastrar hacia un modelo político policiaco.

Las principales consecuencias de la crisis, que algunos ya consideran un pandemónium, no serán económicas ni sanitarias, sino políticas. Las democracias están aplicando métodos autoritarios, las dictaduras se están volviendo más férreas, los liberales aplican recetas socialistas y comienzan a revivir viejos muertos como el estado de bienestar, las economías planificadas, el estatismo y numerosas fórmulas que obviamente van a acarrear más problemas.