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Editorial
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Historia de Bolivia
Domingo,  8 de Septiembre, 2019
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La historia de Bolivia aflora y se repite en cada acontecimiento relevante que nos conmociona como si fuera la primera vez que ocurre. Así pasa porque nuestra memoria es frágil, porque ignoramos los hechos del pasado o simplemente porque nos los queremos ver, lo que nos condena a vivir en un permanente círculo vicioso, en un interminable remolino que nos hunde cada vez más. 

Obviamente no hablamos del mismo fenómeno al que se refiere un rústico ministro, que para consolarse y tratar de calmar la ira de la población, afirma que el incendio en la Chiquitania no es el peor que haya abatido a esa región, pues supuestamente en los últimos diez años ha habido peores y los bosques se han recuperado milagrosamente. 

Ojalá tuviera razón en esta última parte, aunque al admitir que este Gobierno, dizque ecologista, se quedó de brazos cruzados pese a los graves antecedentes, está reconociendo inoperancia, indolencia y una ausencia de planificación que asusta.

Lamentablemente, la realidad es peor que la torpeza del funcionario y de lo que trata de mostrar para intentar disimular la escandalosa manera de encarar el cuidado del medio ambiente, el desarrollo y un lamentable plan de auxilio, que es lo mínimo que se le puede exigir a un Estado que dice haber cambiado la historia del país y que ha derrochado millonadas en medios de transporte, en equipar a las Fuerzas Armadas y que ha elevado de manera exponencial el gasto público.

La destrucción de la Chiquitania es una historia que se viene repitiendo desde que los conquistadores pusieron su mirada en estas tierras. Es la misma búsqueda del Dorado, ese mito que nos mantiene anclados a un sistema de producción que nos condena a la dependencia y la fragilidad. Primero fue la plata, luego fue el estaño, apareció el petróleo, el gas. Todo se acabó, se lo farrearon los caudillos de turno y ahora ponen su mirada en los bosques del oriente para que se conviertan en la nueva gallina de los huevos de oro, algo así como “La Salvadora”, aquella mina que parió al hombre más rico de la historia del país, cuya leyenda inspira a millones de bolivianos que esperan que un acto de magia, un solo negocio o un mesías nos saquen de la miseria.

Los incendios nos han mostrado que Bolivia sigue sin un Estado, tema pendiente desde 1825. Lo decimos así, de manera contundente, porque el fuego ha sido el resultado de la ausencia de leyes, del irrespeto a las normas, de la aprobación de disposiciones sin el menor criterio ambiental, social o productivo. Las instituciones que supuestamente deberían cuidar nuestro patrimonio actuaron con visión medieval y con mecanismos feudales, para beneficiar a ciertos grupos, como lo han hecho siempre, en perjuicio del interés común. Nuestra estructura estatal no es capaz ni siquiera de cuidar el territorio y si ayer estábamos a expensas de invasiones chilenas, paraguayas o brasileñas, hoy el fuego puede actuar a discreción, pues el aparato público que se ha creado y que llaman “Estado” sólo sirve para cuidar y alimentar a los privilegiados que detentan momentáneamente el poder.

Nuestra estructura estatal no es capaz ni siquiera de cuidar el territorio y si ayer estábamos a expensas de invasiones chilenas, paraguayas o brasileñas, hoy el fuego puede actuar a discreción, pues el aparato público que se ha creado y que llaman “Estado” sólo sirve para cuidar y alimentar a los privilegiados que detentan momentáneamente el poder.

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