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Editorial
Editorial
Guerra anunciada
Martes,  19 de Mayo, 2020
Guerra-anunciada

Cuando el cocalero perdió el poder en noviembre del año pasado, sus asesores cubanos lo reprendieron como a un vulgar aprendiz por la gran cantidad de errores que cometió frente a la rebelión ciudadana de 21 días que lo obligó a huir con el rabo entre las piernas. Casi todas las equivocaciones salieron de su boca, cuando se burló de los “pititas”, cuando dijo que los estudiantes eran unos comprados y cuando convocó a sus seguidores a cercar las ciudades e impedir el ingreso de suministros.

Desde que se fue no ha podido controlar su lengua y sus consejeros deben estar cada día menos seguros de devolverle el poder, objetivo por el que vienen trabajando incansablemente, con el patrocinio del gobierno argentino, que le da cobijo y le permite lanzar mensajes sediciosos cada vez más subidos de tono.

Desde que se agudizó la pandemia y se impuso la cuarentena, el ciudadano de Orinoca ha ensayado varias estrategias destinadas a imponer el caos en el país, a romper las restricciones sanitarias y provocar la muerte de miles de ciudadanos. Desde el principio, consideró que el coronavirus podría ser su aliado y no ha cesado en su intento por usarlo a su favor. Minimiza sus  efectos, incita a la gente a salir de sus casas, insiste en ponerle una fecha fija a las elecciones nacionales, argumentando que no constituyen un peligro de contagio y finalmente organiza bloqueos y ataques violentos que no miden consecuencias, pues les da lo mismo agredir a policías y militares que a médicos y enfermeras que acuden a brindar auxilio a poblaciones azotadas por la peste.

La reacción de las fuerzas de seguridad ha sido prudente y recibe críticas por una supuesta parsimonia frente a las tácticas guerrilleras que están aplicando las milicias masistas. Desde hace semanas, Evo Morales no hace más que afirmar que Bolivia está militarizada, que los tanques y las tropas del Ejército se dedican a patrullar las calles y a reprimir a la gente y que se impone la persecución política, denuncias que paradójicamente contradicen a las observaciones que hacen quienes exigen actuar con mayor rigor contra los sediciosos.

El hecho es que la situación es crítica, sumamente delicada, pero está muy lejos de llegar a los niveles de una rebelión o de una guerra como la que busca el cocalero. No nos podemos confiar, pues la capacidad de movilización de las fuerzas narco-cocaleras es muy grande, pero tampoco conviene hacerle el juego al foquismo que se pretende propagar en todo el país. El cocalero quiere represión, busca que los militares respondan con bala, que la guerra anunciada por él se instale con fuerza y así darle la razón de que Bolivia está viviendo en dictadura.

La mejor estrategia de la guerra es evitarla. Al cocalero lo conocemos desde hace 40 años y siempre ha sido exitoso al conducir a los gobiernos a la confrontación, estrategia que también usó durante los 14 años que estuvo en el poder. La única vez que perdió fue cuando la paciencia, la disciplina y la resistencia pacífica de la gente no le dieron opción a la violencia.

La mejor estrategia de la guerra es evitarla. Al cocalero lo conocemos desde hace 40 años y siempre ha sido exitoso al conducir a los gobiernos a la confrontación, estrategia que también usó durante los 14 años que estuvo en el poder. La única vez que perdió fue cuando la paciencia, la disciplina y la resistencia pacífica de la gente no le dieron opción a la violencia.