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Editorial
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Fuego, tierras y propiedad
Jueves,  8 de Octubre, 2020
Fuego,-tierras--y-propiedad

Pese a los cambios en la conducta del gobierno y a la derogación de los “decretos incendiarios” que aprobó el cocalero en el pasado, el fuego ha arrasado y sigue haciéndolo con gran intensidad en diversas partes del departamento de Santa Cruz, donde venimos experimentando este fenómeno desde hace mucho tiempo, especialmente desde que se agudizó el cambio climático que prolonga los periodos de sequía.

En lugar de atacar el problema de fondo, los bolivianos hemos contribuido a empeorarlo, a través de la politiquería que dominó el ámbito agrario en el país. La invasión de la coca, los acarreos de gente con fines electorales, la intervención criminal de movimientos sociales, el tráfico de tierras. Todos estos han sido factores que el MAS promovió e intensificó como nunca antes se había visto en el país y las consecuencias las estamos viendo en esta catástrofe ecológica que se repite año a año y que terminará por destruir nuestros bosques y reservas si continuamos sin hacer lo suficiente.

Nadie se ha puesto a pensar que los incendios están relacionados directamente con la propiedad. El fuego se concentra en aquellos lugares donde los asentamientos adolecen de inseguridad jurídica e inestabilidad, donde los colonos aprovechan el momento, la temporada y la ocasión que les brinda alguna circunstancia política para usufructuar de la tierra casi de forma furtiva. Entran al espacio, lo ocupan sin ningún respaldo legal y le meten fuego a todo, pues es la manera más rápida de preparar el terreno para sacarle algún beneficio en tiempo récord. Como no es de ellos, no tienen ningún miramiento y tal vez mañana, por alguna u otra razón nacida de las pugnas de poder, tengan que dejar ese terreno e irse a buscar otro, donde el procedimiento será el mismo.

Nadie le prende fuego a su casa. Nadie quema su propiedad. Por qué no hay incendios en el norte de Santa Cruz, en las colonias menonitas, en San Julián ni en ninguno de los espacios consolidados desde el punto de vista de la legalidad, de la propiedad y la vocación productiva. En esas zonas también hay sequía, se practica el chaqueo para renovar pastizales, para eliminar el rastrojo de la caña o para eliminar la maleza de los campos, pero los agricultores y ganaderos lo hacen con mucho cuidado para no afectar su propiedad, su vivienda y sus cultivos. Diferente es el caso donde a nadie le importa, por más que esté cerca de un parque nacional o de la reserva más valiosa de flora y fauna.

Si queremos terminar con los incendios o al menos reducir su impacto, el Estado debe pensar en un plan maestro que asegure la propiedad de la tierra, especialmente en aquellos lugares más vulnerables. Basta de mantener el tema agrario en la nebulosa, en los vaivenes de la política y la manipulación de los grupos que trafican con el principal recurso que tenemos. Basta de ser pirómanos y de jugar a ser bomberos preocupados por la naturaleza.

Nadie se ha puesto a pensar que los incendios están relacionados directamente con la propiedad. El fuego se concentra en aquellos lugares donde los asentamientos adolecen de inseguridad jurídica e inestabilidad, donde los colonos aprovechan el momento, la temporada y la ocasión que les brinda alguna circunstancia política para usufructuar de la tierra casi de forma furtiva.

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