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Editorial
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Es hora de transformar Bolivia
Martes,  8 de Octubre, 2019
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La justicia es una utopía que muchos tal vez consideran inalcanzable, pero la única manera de buscar ese ideal es a través de un mecanismo imperfecto como la ley. Las leyes pueden ser criticables, polémicas y siempre están sujetas a cambios, pero nadie debe rendirse a buscar a través de ellas un mundo más justo y pacífico.

Lo mismo pasa con el Estado y la democracia. No existe una fórmula perfecta para alcanzar la mejor forma de organizar la sociedad y tampoco la barita mágica para conseguir un gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, pero hay mecanismos creados por el hombre que han logrado resultados favorables que permiten el progreso de las comunidades.

Lo que no podemos hacer es estancarnos, seguir con un modelo de Estado que reproduce la pobreza, que refuerza el autoritarismo y que pervierte la democracia. Bolivia precisamente tiene un modo de organización del país que nos mantiene paralizados, que nos impide crecer y que hace imposible resolver problemas básicos de la ciudadanía.

Cómo puede salir de la pobreza una nación que concentra más del 80 por ciento de las decisiones en una sola persona; individuo que tiene en sus manos casi todos los recursos públicos; que vuela de aquí para allá en su helicóptero inaugurando obras que no le sirven a nadie; que no fija prioridades, que no piensa en la producción y tampoco es capaz de velar por los intereses de todos los habitantes.

Cómo puede progresar un país cuya base económica es un solo producto que no permite generar riqueza, que no alcanza para distribuir y conseguir la equidad, que no multiplica, porque siempre está restándole al patrimonio nacional, produciendo nada más que huecos vacíos, tierras áridas, ríos contaminados y socavones de angustia.

Cómo puede ser libre y democrático un país donde ese modelo impone la vigencia de una élite, de una rosca, de un grupo que controla todo, que se adueña de los productos y de los beneficios, de los ingresos y de su destino, de la justicia y, por supuesto, de las armas, que resultan indispensables en un sistema que jamás alcanzará para mantener a una población sin el hambre que la lleva constantemente a la sublevación.

Esa fuerza dominante que mantiene de rehén al estado jamás ha permitido la búsqueda de otra forma de armar un país viable y condiciona a las masas a apoyar el modelo, porque los mantiene esclavos, mendigos y convencidos de que la alternativa es la destrucción y el apocalipsis.

Como sugeríamos al inicio, el federalismo no es la panacea ni es la solución mágica, pero puede ser el inicio de la transformación de Bolivia. No será algo inmediato, no será perfecto y seguramente demandará mucho trabajo, pero no hay otra alternativa. Hemos visto fracasar a uno de los proyectos políticos más sólidos que haya tenido el país, el más poderoso y el más rico de la historia. La gente sigue tan pobre como antes y la esperanza es cada vez más lejana. Es la hora de hacer las cosas de otra manera, pues insistir en la vieja receta es condenar al país al eterno fracaso.

El federalismo no es la panacea ni es la solución mágica, pero puede ser el inicio de la transformación de Bolivia. Hemos visto fracasar a uno de los proyectos políticos más sólidos que haya tenido el país, el más poderoso y el más rico de la historia. Es la hora de hacer las cosas de otra manera, pues insistir en la vieja receta es condenar al país al eterno fracaso.