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Editorial
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El uso político del dióxido de cloro
Martes,  28 de Julio, 2020
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El salto a la fama del dióxido de cloro fue en el 2006 de la mano del ingeniero norteamericano Jim Humble, que lo vendía como “La solución milagrosa del siglo XXI”, con la capacidad de curar decenas de enfermedades, entre ellas el cáncer, el sida y el autismo.

En ese momento no le prestaron atención, no sólo porque se trataba de una sustancia industrial usada como desinfectante del agua y de superficies contaminadas y como blanqueador de pulpa de madera para hacer papel, sino también porque el personaje detrás del “gran hallazgo” era un aventurero que antes había buscado fama y fortuna en las minas de oro y posteriormente fundó una secta religiosa denominad  Iglesia de Sanación y Salud Génesis II, de la que se autoproclamó obispo y aseguraba ser un dios de la galaxia Andrómeda, que tiene miles de millones de años, y que se le pidió ser asignado a la nave espacial que vigilaba el planeta Tierra.

El miedo y la confusión de la gente causados por la pandemia del Coronavirus han conspirado para que el dióxido de cloro reaparezca en la escena, como ha sucedido con otras recetas mágicas que están circulando en el mundo, con el patrocinio de líderes políticos, pseudocientíficos y sectores populistas que han conseguido colocar a esas sustancias como objeto de culto y lo usan para dividir a la población y aprovecharse de la situación. Ayudan mucho en este contexto las innumerables teorías conspirativas que se propagan fácilmente a través de las redes sociales y medios de comunicación que no investigan y que se prestan para el auge de esta suerte de “populismo sanitario”

Además del miedo y la falta de respuestas efectivas de la medicina y la ciencia, la aparición de científicos de dudosa seriedad, la actuación de grupos de médicos que promueven el uso del dióxido de cloro y el soporte político que les dan algunos partidos, municipios y autoridades se han vuelto coadyuvantes de este escenario de confrontación, especialmente peligroso en Bolivia, donde cualquier factor es útil para disgregar y generar las grietas que alimentan a los demagogos.

No podían faltar los comerciantes inescrupulosos, siempre dispuestos a lucrar con el dolor y el desconcierto de la gente, sin importarles el daño que están causando. Cada día llegan decenas de pacientes a los hospitales intoxicados por el dióxido de cloro, envenados por productos adulterados, administrados sin ningún criterio médico, pues alrededor del producto se ha generado un mercado negro, en el que abundan los que “meten gato por libre”.

Es verdad que existe preocupación, que todos los esfuerzos no alcanzan para combatir la pandemia, que se cometen errores y que resulta desesperante para algunos buscar ayuda y no encontrar las respuestas a tiempo. Aflige la situación económica, la falta de recursos para adquirir medicamentos que también son objeto de la especulación, pero es mucho más perjudicial todavía echar mano de un remedio con el potencial de agravar aún más las cosas.

Además del miedo y la falta de respuestas efectivas de la medicina y la ciencia, la aparición de científicos de dudosa seriedad, la actuación de grupos de médicos que promueven el uso del dióxido de cloro y el soporte político que les dan algunos partidos, municipios y autoridades se han vuelto coadyuvantes de este escenario de confrontación, especialmente peligroso en Bolivia.