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Editorial
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El poder nocivo del impuesto a la riqueza
Viernes,  20  de Noviembre, 2020
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El gobierno asegura que en Bolivia no hay más que 150 personas que tienen una riqueza equivalente a cinco millones de dólares. Eso es una gran mentira, pues seguramente hay mucho más que eso; el doble o tal vez más, pero lamentablemente casi todos los ricos se avergüenzan de serlo y el régimen se aprovecha de esa debilidad y al mismo tiempo trata de hacerle creer al mundo que en este país casi todos somos proletarios, palabra que deriva de “prole”, o sea, el que no tiene más fortuna que sus hijos.

El que tiene plata en Bolivia tiene que esconderla, disimularla; tiene que disfrazarse de pobre, votar por el MAS, aunque no tenga ni un solo gen de socialista en sus venas, aunque dedique todo su tiempo a trabajar por riesgo y cuenta propia y reniegue de cualquier intento de intervencionismo estatal pues, como sabemos, la mayoría de los empresarios bolivianos son informales, fenómeno que seguramente crecerá cuando comience a aplicarse el impuesto a la riqueza.

Ese tributo tiene un efecto más simbólico que económico, pues se calcula que el Estado recaudará apenas 14 millones de dólares anuales, una bicoca que no le hará cosquillas al déficit fiscal y menos todavía al presupuesto general de la nación.

Es la manera que tiene el gobierno y muchos otros regímenes populistas de decirle a la gente que está a favor de los pobres, cuando la realidad es absolutamente opuesta. El dinero tiene muchos defectos, pero el peor de todos es su cobardía. A la menor amenaza se esconde y huye despavorido a lugares donde no está prohibido, donde lo cuidan y lo estimulan, por su gran efecto multiplicador. El dinero es inversión, es producción, trabajo y, por supuesto, bienestar para los trabajadores, que son muy distintos a los proletarios, nombre que se inventaron los romanos a los fines de distribuir comida, bajo la fórmula “pan y circo”. A mayor cantidad de hijos, la asignación era mayor, ecuación que terminó por derrumbar el espíritu emprendedor en el imperio y que se convirtió en su ruina.

El poder destructivo de esa visión, que el marxismo perfeccionó,  no está en el robo que se le hace a los ricos, que saben muy bien proteger su dinero, como lo hacen casi todos los millonarios bolivianos que están en los mercados, en el Chapare, en Desaguadero, en Yacuiba,  en las ferias y en los sindicatos que vitorean al “proceso de cambio”, sin aportar un céntimo al erario público.

La corrosión más grande opera en la mente de las personas, en las que no son ricas, pero que quieren superarse y ganar más, pero desde arriba le matan la ilusión ya que el proletariado no es concebida como una clase de la que se puede salir a través del ascenso social, sino una casta, de la que nadie puede librarse, como sucedía en la antigüedad y como pasa en las sociedades rígidas, donde se nace miserable y se muere miserable. Esos conjuntos humanos son tierra fértil para la dominación, pan comido para las tiranías.

Ese tributo tiene un efecto más simbólico que económico, pues se calcula que el Estado recaudará apenas 14 millones de dólares anuales, una bicoca que no le hará cosquillas al déficit fiscal y menos todavía al presupuesto general de la nación.

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